24 jun 2017

Efectos Personales

Pedro Muñoz llegó a Israel hace unos años como Agregado Militar de la Embajada de España y junto a su mujer, María Jesús Saiz Parga (Chus) tuvieron la buena idea de acercarse al Taller de Escritura Creativa del Instituto Cervantes de Tel Aviv y despuntar el vicio y la obsesión del narrador, una suerte de afán por volcar en palabras escritas lo que nos quema por dentro, lo que nos conmueve, lo que nos hace vibrar y amar y ofuscar, las preguntas sin respuesta, las ansiedades, los viajes realizados y los soñados, en fin... la vida misma.

Semana tras semana, a la vez que perfeccionaban su manera de relatar, fueron afianzando una relación cálida, sentida y fuerte con el grupo de escritrores y conmigo, que tengo la suerte de conducirlo.  Chus nos conmovió con historias "de mujer" muy reales, al estilo Angeles Mastretta y Pedro se convirtió en un maestro de la "reflexión interna", un recurso tan magnífico como difícil: el autor desmenuza cuestiones universales a través del momento particular que atraviesa su personaje.
Así, sacando a luz cada vez una mayor destreza narrativa, Pedro ganó los tres últimos concursos de relatos cortos que organizó el Cervantes de Tel Aviv y al concurso siguiente, el Instituto le solicitó que oficie de Jurado.

Pedro y Chus, se despiden la semana próxima del Taller y el mes próximo de Israel.  Nos queda la amistad férrea que se forjó en la intimidad de las clases, la certeza de que volveremos a vernos en Tel Aviv o en Madrid y la esperanza, por cierto... de seguir leyéndolos.

Con el excelente relato "Efectos Personales" Pedro y su ya emblemático personaje "Conrado", se despiden de nosotros.  Los dejo en buenísima compañía... que lo disfruten!

Efectos personales
Por Pedro Muñoz
Ha llegado el momento de marchar. Hay que levantar el campo y preparar la mudanza. Como al pie de un imparable glaciar, rodeado de la oscura morrena, Conrado contempla la acumulación heterogénea de bártulos que debe envolver en papel y luego colocar en cajas. ¡Dios, cuanta mugre arrastra el tiempo!  
Lleva casi un minuto sin mover un dedo invadido por esa parálisis que produce la combinación de desgana y la perspectiva  de una tarea inabarcable. Termina por ponerse a ello. Sabe por experiencia, aunque tan solo fuera de traslados, que si uno no empieza, tampoco acaba. Se sienta en una silla, suspira resignado y con el cuidado necesario para evitar una lumbalgia, a su edad siempre al acecho, empieza a seleccionar los objetos. Es el momento de desembarazarse de ese lastre de desechos que el curso de la vida va dejando en nuestro nido. Aunque a veces al dejarlos partir dejen un rastro de sangre.
Envuelve la pluma esmaltada del abuelo. No funciona, pero es un bonito recuerdo; los pasaportes caducados, llenos de sellos exóticos; el bote de monedas no menos exóticas; ajadas agendas llenas de nombres que solo son fantasmas de un pasado que parece remoto, números de teléfonos de pocas cifras  y direcciones que solo existen en su memoria.  Un pasado que, en su penumbra, parece un lugar más acogedor que este presente de luz cegadora.
Una nueva ola de desánimo le invade al comprobar que a este paso no va a deshacerse de nada. Con gesto decidido acerca la caja de cartón que servirá de cubo de la basura y empieza a arrojar trastos: gafas de sol pasadas de moda, linternas oxidadas, CDs, apuntes, libros de texto, declaraciones de la renta… Se arrepentirá. Está seguro. Pero a medida que crece la montaña de lo descartado disminuyen sus escrúpulos y su ímpetu se convierte en fiebre purificadora. Fuera todo. Hay algo absurdo e inadmisible en la discordancia entre este descomunal rastro de residuos y la leve y efímera huella que dejamos en los demás- piensa. Contemplar cómo van quedando vacíos estanterías y cajones además le produce esa íntima satisfacción del orden
Llega el turno de los álbumes de fotos. No puede evitar la tentación de abrir uno de ellos. Hubo un tiempo en que a la clásica pregunta-trampa sobre que salvaría primero de su casa en caso de incendio, contestaba sin dudar que todas esas instantáneas que empiezan ya a amarillear. Somos nuestro pasado y esas imágenes nos permiten conservar un tiempo que se escurre entre las manos. Bueno, ahora todo está en la “nube”.
Pasa las gruesas páginas y contempla la belleza adolescente de Carolina, la engañosa mirada dulce de Julia, la risa de Esteban ignorante del trágico destino que le esperaba… Todo le trae el regusto agridulce de las oportunidades perdidas y la felicidad imaginaria. En otra, ese joven de alborotados cabellos que le mira en la foto desmiente la impresión que cada mañana le devuelve el espejo de que nada ha cambiado.
Casi solitaria en la librería queda una voluminosa carpeta de cartón roja. Contiene más de un centenar de relatos redactados  por sus compañeros del Cervantes, juntaletras aficionados con los que comparte las dulces fatigas del creador. Tampoco puede evitar la tentación de abrirla y hojear alguno de los cuentos. Aunque él casi presume de mala memoria, se sorprende cuando le basta leer unas pocas frases de cada uno de ellos para recordar la trama y hasta las discusiones que provocó en clase.  Más fácil aún le resulta reconocer la mano que los ha escrito: los adjetivos exóticos, la infancia recuperada, las sombras familiares, las historias apasionadas o románticas, las protagonistas indefectiblemente asesinadas…
Cada loco con su tema.  
Les echará de menos. Han rebuscado en el fondo del alma en busca de materiales de construcción para confesarse, protegidos apenas con el disfraz de la ficción, a veces tan tupido y a menudo transparente. Revelándose a la manera en que en ocasiones nos desahogamos ante un desconocido, mientras callamos frente a quien comparte nuestra cama.
Echando un vistazo al exiguo conjunto de objetos salvados de la quema, se da cuenta de que todos tienen el poder de evocar un tiempo, una cara, un lugar. Estelas del camino en busca del tiempo perdido.
El criterio de la selección parece claro: lo que nos hace sentir, lo que nos recuerda quienes somos, lo que nos abre los ojos y a la vez nos deja viajar ligeros de equipaje. Más difícil parece el aplicarlo.
Conrado sabe que si consigue hacer así su maleta no evitará el precio del desarraigo, pero al menos el tiempo no será ese imparable glaciar que terminará aplastándole, sino la brisa que le llevará donde quiera el destino.

Dedicado a Andrea, Lucía, Mariluz, Zule, Nelson, Joaquín, Sabina, Vivian, Jose, Yamila, Eitan…

A Chus le dedico todo lo demás.

15 jun 2017

En la Feria del Libro de Jerusalem

Qué vivencia intensa presentar una novela en la Feria Internacional del Libro de Jerusalem!

Gracias Instituto Cervantes, Embajada Argentina y La Torre de Babel Ediciones por organizar un evento tan lindo...


La Feria del Libro se realizó en el predio
de la vieja estación de trenes - Jerusalem
Stand de la Editorial, pegadito al del Instituto Cervantes 

"La última historia de amor"
describe la vida de una mujer que, todos los jueves, copa de vino en mano y labios carmesí, se sienta en una banqueta alta en el escenario de un bar-teatro pintoresco y cuenta al público historias de amor. Cada semana las historias son distintas, menos la última, que es siempre la       misma y que relata su propia búsqueda de un amor que la abrazó una vez en la vida y se despidió con un puñado de palabras justas: "Sé como volver a encontrarte".






15 feb 2017

El Tribunal Fluvial

Esta semana en el blog, una verdadera joyita... en portugués!
Lucía Wasserman es una autora que nació en Brasil y reside hace décadas en Israel.  Su escritura se caracteriza por la riqueza de sus descripciones, la sensibilidad de sus personajes y la facilidad para trasportarnos a ámbitos de su Brasil natal.  En el relato que leerán a continuación, la pluma mágica de Lucía nos lleva a navegar en una pequeña embarcación que se detiene en pueblitos del Amazonas para impartir  Justicia... qué idea maravillosa. 
Que lo disfruten y estimaremos muchísimo si hacen click al pie y nos dejan vuestra opinión...

O TRIBUNAL FLUVIAL
Por Lucía Wasserman

Como de costume, no dia 18 de cada mes o barco "Sancho Pança", aportava no porto fluvial de Itamatatuba, cidadezinha  praiana do Estado do Amapá.  Trazia  consigo mercadorias, carne, e cereais , turistas, e o mais importante de tudo, a equipe do Tribunal de Justiça da Capital, encabeçado pela Juiza, Dra Celeste Amaral.
Este era o quinto porto fluvial que aportava no rio Oiapoque, confluente do Amazonas, e o ultimo, da rota que a equipe de justiça percorria cada mes, nos doze meses do ano.

Quando desembarcavam, apesar de aparentar um semblante serio,  e darem-se  ares importantes, não  conseguiam esconder o cansaço e a aparencia descuidada com suas roupas em desalinho, amassadas, e surradas. Comentavam para se desculpar.
"Quem poderia  se manter elegante, fresco e perfumado, naquela longa jornada fluvial agitada atravessando zonas  de chuvas, ventos e calores tropicais..."
E o conhecido e o costumeiro se repetiam.

As sete da manhã, com  o sol tropical quente e  ja brilhando, os viajantes ja estavam de pé, naquele espaco sem paredes, alguns deles ainda deitados em suas redes coloridas,outros preparando seu café em fogareirinhos de uma boca só, e pouco a pouco, dentro daquele pequeno mundo fluvial começava o movimento de um novo dia.
"Sancho Pança" alem da equipe naval permanente, levava cerca de 90 passageiros, entre eles pessoas locais, turistas mochileiros jovens, e os representantes do Tribunal que vinham julgar e fazer justiça.

Apesar de navegarem num  rio, aparentemente calmo e tranquilo, o barco atravessava diferentes zonas, e  estava sujeito aos caprichos da natureza.  Vez por outra as fortes correntesas fluviais, e altas ondas balançavam  o "Sancho Pança" e os passageiros eram atirados  de um lado para outro, ao seu bel prazer.Um ja havia quebrado o joelho, outra perdido a dentadura, um terceiro,aproveitado o ensejo  agarrou o traseiro da mulata, e quase  quebrou o pau com o marido ciumento.
Haviam tambem  aqueles que vomitavam a alma, e outros  que rezavam cem Ave Marias e invocavam todos os Santos na esperança de que estes viessem salvá-los de um possivel naufragio.

Quando chegava a calmaria  depois das chuvas tropicais vinham os enchames de mosquitos e pernilongos. Havia o receio de uma possivel picada que resultasse em malária,ou de visitas e armadilhas inesperadas de piratas amazonenses locais, que invadiam as naves e atacavam os inocentes passageiros para roubar, e lhes tirar os poucos pertences.
Onde tudo a primeira vista poderia parecer um Paraiso flutuante, longe do torvelinho das grandes cidades e da poluição sonora e ambiental, se tornou um novo foco de agitação, e a Justiça vinha navegando  de barquinho, para por ordem na situação.

O porto de partida era o porto da cidade de  Macapá, capital do Amapá, e navegando pelo Amazonas alcançavam o afluente  Oiapoque. No seu roteiro o barco atravessava zonas de mata, e florestas tropicais, cortadas pelos rios, que caprichosamente serpenteavam, caudalosos  alimentados pelas chuvas constantes, e calor equatoriano.
Ate recentemente vigorava na região a lei  do sub mundo, e dos caprichos dos fortes, influentes, verdadeiros  oligarcas amazonenses locais,que faziam justiça com as proprias mãos, quando casos  de  linchamento eram comuns, e  o uso de machados utilizados  em lutas corporais.    Por decreto presidencial  veio então , a Lei e a  Justiça com a finalidade de por ordem naquela confusão.

Naquela manhã ao aportarem no pequeno porto de Itamatatuba, uma cidadezinha de choupanas de barro  e 600 habitantes, a Juiza Celeste, acompanhada do policial Jacinto, que servia tambem de funcionario do Tribunal, montaram a improvisada sala de julgamentos no conves aberto do pequeno barco, que a esta hora  gozava de uma brisa matutina natural.
Sobre a mesa tosca de madeira curtida e cansada, os  processos se  empilhavam aguardando  o toque do relógio quando, as nove horas em ponto, seriam iniciadas as audiencias  agendadas há meses para aquele dia.
Ainda cedo naquela manhã, o povo ja se havia juntado no pequeno cais,  a espera da chegada  do Sancho Pança.  E quando o viram se aproximar o brindaram  com brados e gritos  de entusiasmo.

Gervasio o guarda local era o encarregado de manter a  ordem naquele  povo, e alem de apitar e pedir silencio e respeito a eminente autoridade que chegava, anotava no seu pequeno caderno o nome dos presentes, partes nos processos que seriam julgados. 
A grande expectativa fazia com que os animos se acendessem, as partes rivais se encontrassem e os gritos e discussoes se ouvissem naquela aldeia fluvial calma e pacata.
Por uma pequena e ingreme escada amarrada ao barco os passageiros desciam ao cais, e por esta mesma escada as 8.45 pontualmente, começavam a subir as partes dos casos que seriam  julgados. Eles foram se acomodando em banquinhos formando  um meio circulo frente a mesa da Juiza, que as nove horas em ponto,  batendo seu martelo na mesa iniciava a nova jornada de julgamentos, pedindo aos presentes que sentassem, e guardassem silencio.
Era então que se fazia ouvir a voz  alta de Jacinto.
-Processo no. 323. Caso Feitosa. Salustiano Feitosa, de 35 anos, dono da discoteca "Moulin Rouge", acusado de falta de pagamento de pensão a sua mulher Solange, e ao filho de 6 meses de idade.
-Processo no. 434. Caso do Manuel Ferreira, o dono da única padaria de Itamatatuba, acusado de ter posto fogo no armazem de Gervasio, por medo de concorrencia"
-Processo no. 359. Caso do cachorro Cacareco, representado por seu dono Bonifacio, por ter arrebentado a cerca, e entrado na casa do vizinho, matando 20 galinhas e seus pintos que se encontravam  no poleiro"
-Processo no. 521- Caso da Maria Madalena, acusada de ter utilizado veneno de rato para liquidar Mercedes, amante de seu marido Leopoldo"
Os processos seguiam um apos outro, Celeste interrogava as partes, ouvia as testemunhas, exigia as provas, e as partes se acusavam e se defendiam. Advogados não existiam.
"Quem tem dinheiro para contratá-los?" Nem a Justiça gratuita se volutariava para chegar lá.

Celeste e seu secretario o policial Jacinto se encarregavam de tudo. Ela registrava os protocolos das audiencias, decidia, impunha a Justiça e ele a Ordem, entre gritos, discussões, lamurias, choros e ate casos de desmaios e síncopes fulminantes.
Antes de cada Sentença o olhar de Celeste se dirigia aos presentes. Um grande silencio e a espectativa. Aquela pobre gente humilde, sem instrução, mal vestida, muitos deles sem sapatos, seus rostos queimados  e sulcados pelo sol, aguardavam o veredicto. E este vinha sempre, pois os casos tinham que ter solução.
A Juiza Celeste calculava as penas. Prisão para casos de homicidios e  atos de violencia. Para os demais casos onde não havia  perigo de vida, trabalhos forçados para a comunicade.

As seis horas da tarde o "Sancho Pança " apitava  e anunciava a partida.
"Todos a Bordo" -gritava Jacinto-. E haviam aqueles que no pequeno cais levantavam as mãos dando adeus a pequena embarcação que se afastava.
A noite chegava e a nave tranquila percorria o enorme rio. O ceu apinhado de estrelas e o ruido inconfundivel daquela mata  se fazia ouvir. Luzes esporadicas de vagalumes e olhos brilhantes dos crocodilos eram pequenas lanternas que marcavam aquela misteriosa floresta.
Celeste, depois de um banho merecido, estirada numa rede, e fumando seu cigarro recordava os julgamentos do dia. Em sua cabeça de Juiza,  sempre a eterna duvida se realmente ela fizera justiça.
Vinham em seguida os sonhos. Os sonhos de um dia encontrar o parceiro predileto, de construir e montar uma casa em solo fixo, de ter filhos , e de um dia ser  transferida para a Capital, galgar os graus  profissionais e chegar a ser  Presidente do Supremo Tribunal...

23 ene 2017

Pausa Mágica y La Despedida Inevitable

La fantasía de detener el tiempo y las consecuencias que esto implica, es un tema que ha despertado ideas y motivado películas y cuentos fantásticos a lo largo de la historia.

Hoy en el blog, Pablo Feldman y Yamila Carini deleitan con dos narraciones en donde el reloj se vuelve un caprichoso protagonista que juega con el asombro de los personajes.  ¡Que los disfruten! Aguardamos vuestros comentarios...

PAUSA MÁGICA
Por Pablo Feldman

Abelardo dibujó con tiza en el suelo una estrella de cinco puntas con un círculo alrededor, se paró en el centro, sostuvo el amuleto en alto con su mano derecha y con el libro abierto, pronunció el conjuro en voz alta: -¡Tempus est, subtitit, et non fluere!
El doctor Abelardo Lecuyer, médico psiquiatra, era un tipo callado y serio. Descuidado en el vestir, bajo y relleno, usaba anteojos “culo de botella”.  Llegado a los cuarenta y cinco seguía “solterito y sin apuro”. En realidad, no se relacionaba ni con mujeres ni con hombres y repartía todo su tiempo entre el trabajo y la lectura. Era fanático de los libros antiguos y de ser posible, escritos en lenguas muertas: latín y griego. Frecuentaba esas librerías que venden usados en la calle Corrientes y en ocasiones lo favorecía la fortuna y encontraba alguna “joya” cubierta de polvo por muy bajo precio. Ese día, a media mañana, pasó por lo de su proveedor favorito: Don Venancio, dueño de “Librería Hermanos Libraio” con un negocio en Buenos Aires y una sucursal en Roma.
Al abrir la puerta, una campanita que colgaba del marco alertó al dueño de un potencial cliente. Don Venancio lo reconoció enseguida y con una amplia sonrisa exclamó:
-¡Justo pensaba en usted “doc”!  Ayer al mediodía, me llegó un flete con un montón de libros viejos, era la biblioteca de un profesor de filosofía.  El corazón de Abelardo se disparó. Una sensación que empezaba en el ombligo, rápidamente descendió hasta la entrepierna produciéndole una erección. Sabía que en esos lotes, podía encontrar incunables y el placer que esto le producía iba más allá de lo intelectual, lo excitaba sexualmente. Quizás por eso no necesitaba una esposa. Con los libros estaba más que satisfecho. 
-¿Dónde están? ¿Los puedo revisar?- preguntó ansioso como un adolescente en su primera cita.
-Faltaba más “doc”. La mitad del montón está en la mesa verde del fondo. Todavía no tuve tiempo de revisarlos ¡Sírvase nomas!
Casi sin poder contener la lujuria se encaminó hacia los libros, con una duda inmediata, egoísta y ambiciosa que lo impulsó a preguntar: -“¿Cómo que la mitad? ¿Y el resto?”
-Ya los embalé para Italia, al negocio de mi hermano-.  Abelardo, se consoló pensando que la mitad era mejor que nada y que algún día visitaría la sucursal al otro lado del Atlántico.
Luego de una revisión superficial, su “ojo” de especialista lo encontró. Lo levantó con adoración y con mucho cuidado lo inspeccionó. El primer tomo de una pareja de libros. Grande, pesado y con tapas forradas en cuero. Olía a viejo, en la tapa había un dibujo en relieve de un círculo con una estrella en su interior y las palabras en latín antiguo “Horologium Stetit” (reloj detenido). En la contratapa, dentro de un sobre, había un amuleto de plata con la misma figura. El segundo volumen no estaba, seguro había viajado a Roma. Pagó si discutir el precio y fue directo a su consultorio.
Luego de prepararse un café con pan y manteca (no hay nada más sensual que sumergirlo en la taza y comerlo mientras chorrea el jugo antes de desarmarse) empezó a leer contento como un chico abriendo los regalos de Navidad. Iba traduciendo simultáneamente con la ayuda de algunos diccionarios profesionales “latín-castellano” que iba apilando sobre el escritorio. Luego de cincuenta páginas, entendió que se trataba de un tomo de alquimia de la edad media que explicaba cómo detener el tiempo y luego hacerlo correr nuevamente. Tenía que dibujar el símbolo en el piso, pararse en el centro y con el amuleto recitar una fórmula en latín. Bien hecho, haría que se congelaran las manecillas del reloj para todos menos para el poseedor del libro. La tentación de probarlo fue más fuerte que la lógica científica. Sabía que era una superstición, que no pasaría nada, pero se preguntó: ¿Qué podía perder con intentarlo? Sería como un juego… ¿Acaso los adultos no podían jugar?
Sostuvo el amuleto en alto con su mano derecha y parado en el centro con el libro abierto, pronuncio el conjuro en vos alta: -¡Tempus est, subtitit, et non fluere!-.
Por supuesto, el tiempo siguió corriendo.
Los filósofos dicen que es como un río que no puede ser detenido en su avance constante. ¿Más si pudiéramos interrumpirlo y copiar las respuestas de un examen, o atajar un jarrón antes de estrellarse contra el suelo? La ciencia dice que es imposible. Nos quedaría la magia como alternativa. ¿Acaso existe? Riéndose de sí mismo se sentó y siguió leyendo. Tan absorto estaba que no reparó en que las horas pasaban y los pacientes no venían, ni tampoco se percató de que la luz del día que entraba por la ventana no disminuía. Sintió hambre y recién entonces miro su reloj. ¡No podía ser! Habían pasado seis horas. Algo no estaba bien ¿Cómo era posible que todavía no hubiera oscurecido? Se asomó a la ventana y tuvo que agarrarse de la pared para no perder el equilibrio. En la plaza de enfrente la gente que caminaba estaba “congelada” con un pie en el aire. Un niño que había arrojado la pelota estaba petrificado con los brazos alzados y el balón flotando sin caer. Las hamacas con su carga infantil, se mantenían suspendidas a medio camino. Corrió hacia el libro y busco desesperado la última página. ¡Sí! Allí decía que había que pronunciar un contra-conjuro para volver otra vez a la normalidad. Por los nervios no entendía la última frase No estaba seguro si esas eran las palabras mágicas, así que tomó uno de los diccionarios y con las manos temblorosas tradujo: “La frase para revertir el efecto debe ser pronunciada en voz alta y sin pausas. La encontrará, al final del segundo tomo”…
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LA DESPEDIDA INEVITABLE
por Yamila Carini

Todo ocurrió una noche de diciembre de 2016, en un país europeizado de Medio Oriente, a pocos segundos de fin de año, cuando el termómetro marcaba cinco grados de sensación térmica y ocho de temperatura real…  mi reloj pulsera se frisó.
Afuera, el asfalto aún se encontraba húmedo por la última llovizna caída ese mismo treinta y uno por la mañana.  Los locos parecian caminar lentamente por los cordones de las veredas en busca de calor, alguna moneda o una sonrisa pasajera y amistosa.  En el aire se comenzaban a escuchar murmullos de planes, miedos y emociones enfrascadas. Los trescientos sesenta y cinco días estaban por cumplirse otra vez en el conteo mundial.
Hombres y mujeres de diferentes colores y lenguas, sonreían en los bares y discotecas con una copa en mano y una mirada rojiza y empañada a base de humo, alcohol y del inusual frío que arañaba las calles de Tel Aviv. Algunos fumaban como si fuese el último cigarrillo de su vida, esperanzados por cumplir con la promesa de fin de año. Otros aprovechaban el happy hour para acercarse a alguna boca disponible. Estaban quienes se sumergían en los teléfonos inteligentes que no daban respuesta.
Mientras tanto, Australia ya transitaba el 2017 hacía horas. Entonces, noté que el segundero de mi reloj fue entumeciéndose, como una extremidad en proceso de congelamiento, hasta estancarse a pocos segundos del número doce que marcaba la medianoche.
Aprovechando la falla técnica del momento comencé a observar cómo una ciudad cronometrada en simultáneo comenzaba a vivir una realidad que no era la mía.
La música se escuchó de repente más fuerte, las puertas de los boliches se habian abierto de par en par emanando un vapor de condensación inevitable y disfrazando al escenario en una especie de sueño abierto. Un hombre con aspecto de cowboy miró hacia mi lado y sonrió. – ¿Me habrá sonreído a mí?  Imposible -recapacité- si nos encontramos en diferentes líneas temporales-. Moví la cabeza, el reloj seguía estancado, rehusándose a avanzar.  Volví la vista al desconocido y me pareció encontrar su mirada una vez mas. –Imposible- me repetí.
De repente, mi celular comenzó a vibrar en el bolsillo derecho de la chaqueta, un escalofrio se apodero de mis manos. Mire el reloj de refilón, nada había cambiado. El celular siguio vibrando hasta que decidí tomar la llamada. –Hola!?-.  Escuché una voz ronca pero dulce: era mi hermana, del otro lado del globo terráqueo, quien estaba a cinco horas del 2017, o sea, también se encontraba en el año 2016, como el reloj y yo. -¡Feliz año nuevo enana!- gritó con entusiasmo. Súbitamente una emoción gigante galopó en mi pecho, quise llorar y reír, sintiendo un extraño frenesí.  Tomé un gran sorbo de aire y relajé mis hombros, justo cuando el reloj marcó las doce y un segundo.  

15 ene 2017

Un relato de Año Nuevo y dos cuentos con pájaros

Seguimos subiendo al blog los trabajos más destacados de escritores que continúan perfeccionándose en el Taller de Escritura Creativa Nivel Avanzado.  ¡Que los disfruten! Nos halagará saber vuestra opinión...

Ecos -“Esta vez no me tocó a mi...”
 Por Vivian Schultz

Primero de Enero del 2017
Un aguacero bate las ventanas; nadie se asoma al consultorio; modorra.
Aburrida, me pongo a hojear el ejemplar de una revista que enumera los eventos sobresalientes del año que acaba de concluir.

Enero del 2016
Boko haram incendia todo un pueblo en Nigeria. Tiroteo en Tel Aviv. Una mujer de estado mejicana es asesinada en su casa por los miembros de un cartel de la droga y en Arabia Saudita, el gobierno ejecuta a 46 personas.
Debo estar tan curtida que la única noticia que congela mi atención es la muerte de David Bowie, el bello y rubio cantante inglés; un artista sofisticado y sui generis.
Ese mes, una muchacha joven entró al consultorio.
–No se qué me sucede, soy música pero hace una semana que no logro alinear dos notas seguidas. Algo va mal-.
 “No tienes nada, mujer. Es tristeza. Nunca más volverá a cantar.”

Febrero del 2016
Corea del norte lanza misiles al mar. En Siria e Iraq la guerra continúa.
Se confirma la teoría de Einstein, el espacio y el tiempo están conectados: en un observatorio de San Diego se logra grabar la colisión de dos agujeros negros a un billón de años luz de la tierra.
–Doctora, de nuevo este zumbido en los oídos.  El otorrino me dijo una vez que sufro de tinito ¿me receta gotas?-.
“No son tus oídos, muchacha. Son las deflagraciones de las bombas junto a las vibraciones cósmicas.”

Marzo
Somalia, Birmania, Pakistán, Egipto, Brasil.
Atentado a la bomba en el aeropuerto de Bruselas. 35 Muertos y 340 heridos.
–Siento una presión en el pecho que no me abandona desde ayer. ¿Cree que debería hacerme un electrocardiograma?–
“No es el corazón, amigo. Es la onda de choque de las deflagraciones en Bélgica.”

Abril
 Nuevas fotos desde Grecia e Italia: los refugiados siguen arribando subidos a precarias embarcaciones. Miles alcanzan la costa. ¿Pero cuántos se hunden en el Mediterráneo?
–Me sofoco. Otro ataque de asma. ¿Me puede prescribir inhalaciones?–
“No es asma, señor. Es el mar encharcándole los pulmones mientras usted se ahoga.”

Mayo:
Isis bombardea Bagdad, Obama visita Hiroshima, un avión Egipto se estrella en el Sinaí.
–Me tiene que ayudar con esta migraña. La cabeza me va estallar.–
“No es una simple cefalea, amigo. Ya estallaron. Hace medio siglo en Hiroshima y ahora en Bagdad y en Egipto.”

Junio:
Inglaterra se separa de Europa: sí al Brexit.
–Estoy sin fuerzas doctora. Las piernas me abandonan, mis brazos no me quieren obedecer y  el cuello se  me cae. ¿Estaré baja de potasio?–
“No te hace falta nada, muchacha.  Es Inglaterra. Cada uno para si. ¿Por qué pretendes que tus brazos y tus piernas cooperen contigo? ¿Acaso tienen algo que ver con tu persona?

Julio
Se lanza el juego Pókemon Go. Camión en Niza atropella y mata a 85 personas. Alepo es bombardeada por la aviación rusa.
–El reumatismo me va a matar. Me duelen todos las articulaciones–
 “No son los huesos, señora. Es el peso de la llanta, de las paredes y del techo que se le han venido encima.”

Agosto
Prosigue la cumbre del clima en Marraquech: la China y los Estados Unidos son los mayores productores de gases a efecto invernadero.
–Estoy con fiebre y tos. ¿Una pulmonía?–
“No es una infección pulmonar, joven. Son el calor y las emanaciones tóxicas de la atmósfera.”

Setiembre
Assad  lanza bombas de cloro en Siria.
–Me arden los ojos, la boca y  la garganta. ¿Qué virus es este?–
“Un virus químico, señor.”

Octubre
Devastador huracán en Haití. Colombia, Turquía, Estocolmo, Etiopia, Irak…
Más dolores, ahogos y toses.

Noviembre
Muere Leonard Cohen (“tristeza, ya nadie comerá naranjas en el río”)
 Eligen a Trump. Muere Fidel Castro.
–Un calmante por favor. Me acaban de licenciar; restructuración de la compañía.
“No es la compañía, joven. Es el mundo ¡Le roi est mort, vive le roi!”

Armisticio en Colombia: Se firma la paz entre la FARC y el ejército.
–Las pastillas contra la depresión que me recetó el psiquiatra no me están haciendo efecto.
“No son las pastillas, mujer. Es el brillo de las esferas de vinil bajando por las aguas del río La Macarena y Catacumbo. Llevan invitaciones navideñas  para los guerrilleros de la  FARC. Es el rebote de los balones de fútbol firmados por los mejores jugadores colombianos . Fueron lanzados en medio de la selva por los helicópteros del ejército”.

Diciembre
Le disparan al embajador ruso en Turquía…

Son las ocho de la noche. Intoxicada, me pongo el abrigo, salgo y cierro con llave la puerta del consultorio. A pesar del frío las calles están llenas, los mozos de los cafés sostienen en equilibrio las bandejas, el corcho de una botella de vino hace ploc  y frente a un restaurante italiano dos jóvenes hincan  su tenedor sobre una montaña de espaguetis a la boloñesa.
Qué suerte, el dueño de la florería aún no ha guardado sus macetas dentro de la tienda.
–Un ciclamen fucsia y otro rosado, por favor–.
Llegando a casa enciendo la televisión. ¡Algo ligero y entretenido, por Dios! Lamentablemente es la hora de las noticias: tiroteo en una discoteca de Estambul. Mueren 39 personas festejando el año nuevo.
Esta vez es demasiado. Decido tomarme un somnífero e irme a dormir con los audífonos puestos y buena música.
Mientras cierro los ojos, oigo la voz del premio nobel de literatura del 2016:


                          “The answer my friend, is blowing in the wind” 
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LOS PÁJARON NO VUELAN CUANDO LLUEVE
Por Mariluz Rivera

-Vení conmigo, te muestro mi colección de pájaros- solía decir mamá orgullosa, al mismo tiempo que indicaba el camino a sus invitados, guiándolos hacia el patio donde les tenía enjaulados.  Mi madre no lo hacía de mala. Los amaba a su manera, la única que conocía, quizá la única que le enseñaron. Se esmeraba en sus cuidados manteniéndoles siempre limpios, abastecidos de agua y alpiste. Solía jactarse frente a sus amigas de haberles comprado los mejores nidos traídos de Medellín. Todos los días les adornaba con ramitas y flores sus jaulas. 
-Para que no extrañen- convenía con ella misma.
Si, mama solía tener pájaros como mascotas. Turpiales, loros pericos y sinsontes. Estos últimos imitaban a la perfección los silbidos de mi padre y los cantos de otros pájaros. Aunque yo no podía concebir el hecho de verlos encerrados, reconozco que pasaba largas horas mirándoles y disfrutando de sus canturreos. Varias tardes de mi infancia las derroche observándoles… comprobando cómo se apagaban lentamente.
Percibía su tristeza en el silencio de sus cantos, cada vez más esporádicos. Se les atrofiaban las alas y sufrían de parálisis en sus patas. Primero una, luego la otra y después se acurrucaban en los brazos de la muerte para escapar de su desdicha.  Y así, sucesivamente, eran remplazados los unos por los otros, sin homenajes, sin entierros ni despedidas. Más de una vez les abrí las puertas para que pudieran escapar, pero no siempre lo hacían.
Aprendí de ellos, que solo aquellos recién privados de su libertad escapaban desesperadamente.  Los demás, ya resignados o acostumbrados, no se iban y mucho menos si el clima del trópico tan bipolar algunas a veces, derramaba sus lágrimas sobre la tierra, desatando así una tormenta de la que ni Dios, se hacía cargo.

A través de la ventana del hospital, vi como talaban un árbol. Fue justo unos minutos antes de entrar a cirugía.  De sus copos revoloteaban los pájaros aterrados por la impotencia de no poder salvar sus nidos. Vi como defendían su derecho a ser soberanos, picoteando furibundos a sus verdugos. 
Entonces recordé los pájaros de mi madre y sus patas dormidas.
Aquí estoy, de vuelta en casa, recordando ese pasado tan presente y tan mío. Aquí estoy en este cuarto de invierno, donde la lluvia se estrella contra la ventana de marco blanco, la misma que da al patio trasero de mi tristeza; la que me produce este encierro, la que me exige tiempo para sanar.
Este clima álgido y perverso clava sus agujas en mi espalda y siento como el frio de la tierra entumece mis piernas.

-Hernia de disco, rayadito y a la deriva- bromeó el doctor, apretándome la mano en señal de buen augurio cuando desperté de la anestesia.
-Un disco a la deriva, es un anillo sin Saturno. Un disco rayado de penurias del pasado, de amores perdidos y de miedos enquistados. Así me diagnostico yo, la doctora de mi propia existencia, la dueña de mis bienes y mis males, la que siempre ha visto la vida diferente de como la ven los demás.
Siempre me ha gustado escarbar en mí, como quien hurga en una guaca[1] repleta de tesoros. Resuelta a pagar el precio de las maldiciones y conjuros, dispuesta a ensuciarme de carroña por un buen botín; el de hacerme cargo de mi misma. Esas son mis monedas de oro, las que me voy a llevar a la tumba y con las que me van a enterrar.
Tal vez mañana cese esta lluvia que inunda el alma y acobarda la huida,
tal vez mañana ya no me duela y la puerta no se cierre nunca más.
Tal vez mañana se abran mis alas y pueda volar.
Tal vez mañana.



Guaca
1.        f. Sepulcro de los antiguos indios, principalmente de Bolivia, Perú y Colombia, en que se encuentran a menudo objetos de valor.
2.        Vasija en que se encuentran estos objetos de valor.

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EL NIDO
por Nelson Guilboa

En mi memoria quedaron notas, algunas inscripciones escolares que, arrugadas por la vergüenza, se esconden en un pliegue del portafolio. Aún hoy me cuesta hablar de ellas. Si no lo conté nunca a nadie, fue por la humillación que sufrí.
Una vez, recibí una lección de los horneros, una especie de pájaro laborioso, de aspecto simple y sociable que no mide más de veinte centímetros y tiene el plumaje color marrón claro.  Le gusta anidar cerca de ranchos y casas y se alimenta de insectos y larvas. Si no fuera por la arquitectura ejemplar de sus nidos, hechos de adobe, con sala y alcoba, nadie le prestaría demasiada atención.
En la escuela no faltaban las lecturas de poesías y leyendas donde se pondera al Hornero, ave sudamericana que fue designada “pájaro nacional de la República Argentina” título ganado con mucho esmero.
Justo con ellos me vino a pasar… aún me duele cuando pienso en mi pésima conducta, esa tarde ociosa en que vagaba por el monte con la honda en el bolsillo.
Una pareja moldeaba su nuevo nido, redondo como un pequeño horno de campaña.  Para ello utilizaron entre cuatro y cinco kilos de adobe y unas dos semanas de trabajo incansable, utilizando principalmente barro y paja.
Y a mí, entonces, se me ocurrió la mala idea de agregar un nuevo elemento en la construcción: una piedra blanca para embellecerlo. Del bolsillo elegí la más grande, tensé la honda al máximo para incrustar el adorno en la argamasa húmeda aún… y el resultado fue nefasto.  La piedra pegó en el nido, rebotó inesperadamente y golpeó al hornero que estaba parado en otra rama.
Cayó chillando de dolor.  Me acerqué para ver su estado y empezó a saltar con una patita quebrada.  Quise auxiliarlo, pero cada vez que me acercaba huía asustado con nuevos saltitos, era incapaz de darse un impulso para remontar vuelo y en tal situación, pidió ayuda con chillidos a sus semejantes.  Entonces, como en una pesadilla, los vi: todos los horneros del monte empezaron a rodearme, parecía que se multiplicaban.
¿De dónde habían salido tantos?… cada paso que daba hacia él, los chillidos se acrecentaban. Unidos desde los árboles cercanos me enfrentaron…¡podía interpretar sus aireadas protestas! “¡Déjalo tranquilo, suficiente mal ya hiciste!”.  Me alejé dándoles la espalda.  El silencio retornó al entorno y las protestas estridentes cesaron al unísono.  Sin tocarme, me habían vapuleado.
Los textos escolares son extensos cuando destacan las diversas cualidades del hornero: Social, laborioso, fiel a su pareja, pero de solidaridad con un compadre, ni una palabra… Corrían peligro al acercarse a mí y lo sabían, pero ahí estuvieron arriesgándose, derrochando coraje, desafiando el peligro por una causa justa.
Fue en los montes de San José, donde aprendí una lección criolla de la naturaleza que no enseñan los textos escolares. Mi acto belicoso hacia ellos fue una traición, intencional o no, a un servidor que cada mañana con sus trinos, me auguraba los buenos días.
La honda cayó en desuso y nunca más la tensé.

24 dic 2016

Neftalí: un hombre fiel

El género micro-relato es difícil e implica varios desafíos: contar una historia completa en menos de 100 palabras.  Que tenga un comienzo, un nudo o conflicto y una resolución.  Que cuente algo muy puntual pero que a la vez sea vigente y universal en distintas épocas y culturas.  Y que sugiera mucho más de lo que cuenta... 
La escritora Sabina DuAr presentó en el Taller un micro-relato que reúne todas estas características... que lo disfruten!!

 Neftalí: un hombre fiel
 Por Sabina DuAr

 Pese a que Mara le ofrecía sus labios jugosos y sus muslos prietos, impregnados de su  perfume favorito Flowerbomb, de Viktor y Rolf...
 Pese a las sábanas escarlata, siempre dispuestas para la batalla...
 Pese a la lencería casi palpitante que ella misma elegía para lucir con él...
 Y pese al Buen Amor que su esposa Mara le prodigaba... Neftalí jamás volvió
 a tocar otra piel que no fuera la de su amante.
“No se atreverá a dejarme” -pensó el hombre egocéntrico de pectorales bravíos y  cabellos ensortijados- mientras la observaba dormir en la otra orilla de la cama.
 Y le dio un beso a Mara en la frente, como se besa a una madre.



3 dic 2016

Uno de Mariluz y uno de Nelson

Esta semana en el blog, dos cuentos que hablan desde un presente que mira hacia atrás con nostalgia: "El último favor" historia de Mariluz Rivera Sierra que le peleó el Primer Puesto  a "Paradise Birds" y "Don Pedro" un recuerdo campestre de Nelson Guilboa. Noten como ambos autores, en algún momento, echan mano a personajes del Quijote para apoyar la descripción de sus propios personajes...

EL ÚLTIMO FAVOR
Por Mariluz Rivera Sierra

El calor y el tráfico desdibujaban el paisaje de las calles de Tel Aviv. La densidad amarraba mis ojos a Morfeo. Y yo, impávida frente al peligro, apenas podía aferrarme al volante para no caer del todo en sus brazos. Fue entonces cuando el llamado de mi padre me arrancó del letargo y de un frenazo evite estrellarme con el auto que tenía en frente.  Atolondrada por la situación, apenas si entendí sus primeras palabras al otro lado de la línea y del abismo que nos separaba desde hacía ya algún tiempo.
-Que hubo m’hija, necesito que me haga un último favor- le escuché decir.   Le prometo que después de esto no la vuelvo a molestar -añadió- dejándome claro que se alejaría de mí aún más.
Le dije que no, anticipándome a su pedido. Ya estaba bueno de sus locuras -pensé- no le alcahuetearía ni una más. Le pedí por favor que empacara sus cosas, dejara la selva y regresara a casa con mamá, quien le esperaba, dispuesta a cuidarle y a amarle como nunca había dejado de hacerlo.
Papá siempre había sido un loco, un soñador. Un quijote detrás de mil y una Dulcineas, a las que quería arreglarles la vida. Desventuradas saladoras de puercos que se vendían al primer hombre que les regalaba un trozo de pan. Utopías de ensueño que al final de sus días le habían dejado tan solo y tan triste como al viejo de la Mancha, Alonso Quijano.
Siempre queriendo ayudar a todo el mundo. Nunca supo decir no.
El día que perdió su negocio y quedó en bancarrota, lloraba abrazando sus cuadernos de fiados. Interminables listas de compras, firmadas por todos aquellos deudores morosos. Mi padre no tenía corazón para dejarles regresar a casa sin el mercado. Que los hijos de otros aguantaran hambre, era una idea que no podía soportar. Fue así como siempre, terminaba llenándole la canasta a los paisanos de aquel “Macondo” triste y olvidado de la mano de Dios.
-No se preocupe Berta, que toda esta gente nos va a pagar, no ve que me quieren mucho? -solía decir-.
En eso tenía razón, todos lo querían mucho pero… ¿qué sabe el amor de bolsillos vacíos?
Hacía mucho tiempo que todos habíamos abandonado el nido y mi padre convertido ya en un ingenioso hidalgo, se había dedicado a llenar su vida de aventuras dignas de un caballero andante.
Pero últimamente, estaba enfermo y agotado. Aunque no quería reconocerlo, deseaba reposar el cansancio que le habían dejado sus travesías. A regañadientes, como quien no quiere la cosa, empacó sus corotos y dejó que el astro más brillante del crepúsculo le guiara.
Esa misma noche, después de nuestra última conversación, mi amado quijote emprendió el viaje montado en su Rocinante, una pequeña moto Vespa tan desgastada como él.

Buscando el camino de regreso a casa, encontró la muerte en su última batalla. Un embriagado molino de viento que llevaba por armadura la luz de la luna, sin pito ni aviso, como una ráfaga de viento, le arrancó la vida estrellándose contra él, dejando su frágil cuerpo inerte bajo un árbol frondoso de hojas grandes, a la orilla del camino.

DON PEDRO
por Nelson Guilboa
De la cartera escolar asomaban nombres, rostros, que quedaron a la vera del camino. Dulces recuerdos que llevo bajo el brazo y los quiero compartir con ustedes.  Hoy ya no están, pero existen…uno de ellos fue Don Pedro o Pedrin como lo llamábamos cariñosamente. Lo conocí en las primeras vacaciones que pase en el campo junto a mis primos.
La  Propiedad  lindera le  pertenecía. Vivía junto a su asistente -Pinto- que yo llamaba Sancho  por su función.
Dos gauchos de comedias infantiles, eran tan distintos como su estatura. Pedrin octogenario, alto y fortachón para su edad, de buen talante y le gustaba bromear, Pinto en cambio era de estatura baja y aparentaba los cincuenta. De  cara redonda, un sombreo de cuero calado hasta las orejas, atado con un tiento por debajo de la mandíbula, un pañuelo blanco le rodeaba el cuello y. unas gafas de gruesos cristales, escondían sus verdaderos ojos. Nos  causaba gracia cuando queriendo simular su miopía, veía cosas de lejos que no existían. Su oído lo mismo, afirmaba que podía captar sonidos lo mismo que Jilguero, -El can guardián de la estancia-  En cambio Pedrin no necesitaba lentes y veía mejor que nosotros, sabía quién se acercaba de lejos con solo divisar la silueta o -el bulto- como él decía. A menudo lo veíamos pasar montado en su caballo o en el Ford T de capota negra.  Que en días de lluvia, no se atascaba en ningún charco por enlodado  y hondo que fuese.
Vivian los dos en paupérrima modestia, por vocación,  porque no le faltaban los medios. El rancho de adobe, amenazaba a desmoronarse. El techo de paja, presentaba desordenes y goteras, como si las gallinas hubieran estado escarbando. El  piso de tierra desparejo y un tablón en una esquina oficiaban  de mesa. Un vetusto armario ennegrecido albergaba vajilla de loza inglesa, que denunciaba la presencia femenina en una época remota. La cocina, consistía en un fogón siempre encendido  en el que nunca faltaba la caldera tiznada,  soplando vapor y silbando como un barco que se aleja,  lista para cebar el mate, solo eso  tomaban, llegue a pensar que ni saben que existe la Coca Cola.
Con solo divisar  a los cinco “forajidos” armados de hondas y alguna escopeta de caza atravesando campos  rumbo a sus casa, le pedía  a Pinto ensillar  los caballos. Tenía varios y variados pero consciente del peligro elegía los más dóciles y petisos.
Un día compitiendo con mi primo quise acortar distancia y apuré el galope. Cuando lo estaba por alcanzar, Luna -la yegua de color bayo- metió la pata en un pozo y rodó en el terreno arado…
Amortigüé el porrazo con la mano izquierda, que sufrió fractura, pero a Luna hubo que sacrificarla… se quebró un remo. No sabía cómo emendar esa inconciencia, me sentía culpable, por un impulso egoísta apresure su fin.  Y para Pedrin generare  una tragedia, pues sabia como quería a sus animales, a todos les había elegido sus nombres. El me consoló con que a Luna ya no le quedaba mucho, -Esta  vieja- me dijo pasándome el brazo por los hombros -Se fue uno días antes no más, no te martirices gurí. Ande vaya,  vaya  al hospital que le ponga un yeso-
Siempre serviciales, nunca pedían nada a cambio. Mi tío lo invito un día  a su  casa en la ciudad,  para mostrarle adelantos y comodidades. Él se rehusaba, diplomático: -El progreso es adictivo.  Cada vez que voy al pueblo tengo ganas de renovarme y comprar, pero yo le digo a Pinto mejor no cambiar nada, porque si uno se tienta no termina ahí y ¡hasta una mujer uno elige!  Y ahí nomás la vida se complica-…cursaba ya sexto grado y creía saberlo todo, pero no entendí bien su respuesta.
Tal vez la felicidad en nuestros rostros de pibes era su salario, su recompensa., Pinto nunca tuvo  mujer pero Pedrin si, en su propiedad  había una casa abandonada donde alguna vez  fue habitada, pero no sé, nunca pregunte, si perteneció a sus finados padres o si tenía otro fin, de todos modos estaba por fuera en mejor estado de la que habitaban.
Si tuvo hijos, nunca hablo de ellos, creo que  fuimos nosotros aquellos que les falto. Le complacía vernos felices. Sin proponérselo más que un gaucho servicial fue un abuelo ejemplar, por  su actitud positiva, humildad, cariño y  talento.

4 nov 2016

Paradise Birds

A fines de Setiembre se llevó a cabo el Sexto Encuentro de Lectura de Trabajos Propios en el Instituto Cervantes de Tel Aviv y los trabajos de Yamila Carini ("Mario y sus Paradise Birds") y Mariluz Rivera Sierra ("El último favor") recibieron la mayor cantidad de votos del público.  Costó definir qué autora y qué cuento quedarían en el primer puesto: finalmente, la voz de una niñita que estaba entre el público tentó al Jurado compuesto por Einat Talmón (Instituto Cervantes) Juan Zapato (La Torre de Babel Ediciones) y Pedro Muñoz (alumno de los Talleres que ganó en tres ediciones anteriores) a definirse por el texto de Yamila.  ¡Que lo disfruten!  En el próximo post, podrán leer el cuento de Mariluz...

MARIO Y SUS PARADISE BIRDS
Por Yamila Carini

La última vez que Margarita Luz de las Tinieblas se detuvo a mirar el “horizonte”, Mario, su marido, rompió el equilibrio.  –Marga… ¿y si nos vamos a Indonesia?
La mujer, de unos treinta años, se encontraba tomando té frío en el balcón junto a Enriqueta, una gata persa que admiraba a su dueña con ojos de búho, característicos en esa especie de peludos. El felino movió la vista lentamente agitando su majestuosa cabellera y en un pestañeo tajante, cerró el ojo izquierdo en forma de guiño.  Su ama se reacomodó en la silla.  Ella seguía observando el “horizonte”, o sea, el balcón del edificio de enfrente; cuando súbitamente recordó el significado de su nombre: “Margarita, nombre griego que significa perla, popularmente llamado aquella que no arriesga”. Esta definición estaba adherida en su memoria, pero para sus adentros, su nombre significaba: “flor amarilla que crece como el junco y es salvaje como el viento”. Eso se repetía cuando escaseaba  el aire en la oficina, y a veces, al mirar las góndolas del supermercado.
-Eso queda en Asia ¿no gordo?-.
–Sí ¡sí!  Es el lugar que muestran en la televisión, con esos pájaros multicolores que tienen hilos en vez de alas –el hombre tomó un gran sorbo de aire- picos invertidos y ojos fluorescentes... ¿te acordás?  ¡Los paradí-se berds!
La mujer sonrió con cierta picardía en sus ojos. –Paradise birds- corrigió.
En el macetero del vecino la albahaca crecía como trébol, los tomates cherry comenzaban a asomar sus amarillentos cuerpos y la menta estaba llena de hojas puntiagudas con olor a chicle.
En cambio, las petunias de Margarita se habían secado poco a poco y solamente quedaba un helecho en pie, el cual era alimentado por la lluvia.   
-Paradise birds- repitió en voz baja y la gata suspiró tan profundo que a Mario le dio un ataque silencioso de celos.  No le gustaba para nada esa complicidad que se enredaba entre el animal y su mujer.  Lo caratulaba secretamente como “incestuoso”.  Compartir el amor con sus futuros hijos lo asustaba, pero de seguro lo sentiría razonable…  Ahora, los sistemáticos suspiros y ronroneos a dúo le molestaban casi como cuando su equipo erraba un gol, así de tanto.
Ambos guardaron silencio y se zambulleron en sus propios pensamientos.
Por primera vez, contaban con trabajos establemente herméticos, que brindaban la posibilidad de viajes cortos, quesos franceses y ropa de marca.
A principio de año, Margarita había leído en un horóscopo que su “herida ancestral” se encontraba en proceso de curación, algo que la tenía alterada, pues no sabía que era una “herida ancestral”. Había googleado días enteros en búsqueda de alguna respuesta pero todo era tan ilógico como la actual “cacería de pokemones”. Se sentía de otra época, como si las vidas anteriores la estuviesen abucheando.
En cambio, el horóscopo de Mario indicaba que se encontraba en una búsqueda de su propio ser, para comprender que hay algo en él que no sufre cuando sufre y que no se enfada cuando se enfada.
Después de unos segundos, ambos se miraron y sonrieron.  Enriqueta, estiró su corto cuerpo en el regazo de su ama haciéndose un nudo.  Mario, tomo bruscamente a su mujer por ambos hombros y corrió violentamente al animal, tirándolo al suelo.  –¡Esta gata de porquería se queda acá! ¡¿Me entendiste?!-.

Margarita Luz de las Tinieblas, se levantó de la silla bastante mareada y al mismo tiempo como una flor amarilla que crece como el junco y es salvaje como el viento. 

26 oct 2016

Taller de Escritura Creativa Nivel Avanzado

Fecha de Comienzo:  Lunes 7-11-2016

Duración:  14 encuentros de 2 horas 30 minutos
Horario:  18.15 a 20.45
Lugar:  Instituto Cervantes (Tel Aviv - Israel)
Temas:
-La trama de una historia
-Tensión dramática (en cuento breve y novela)
-Descripción de personajes, objetos, sentimientos y pensamientos
-¿Cómo lograr un texto claro, limpio y bello?
-El mensaje
Informes e Inscripción:  Instituto Cervantes de Tel Aviv, Departamento de Cultura
Teléfono:  03-5279992  Interno 5 - Einat




14 sept 2016

VI Feria del Libro en Español

En la ciudad de Raanana, se llevará a cabo esta fiesta cultural en idioma español que cada año suma más púbico que viene de todos los puntos de Israel.  Stands con libros nuevos y usados, conferencias, presentación de nuevas obras, firma de ejemplares, sorteos y el cantante David Broza entonando poemas de Neruda... los esperamos!
Viernes 16.9.16 entre las 9.00 y las 15.00 hs. - Hapalmaj 2 - Raanana
Teatro Mishkan Hahomanuiot - Hapalmaj 2 - Raanana