13 dic. 2017

Inolvidable relato ganador


Café Inolvidable
Por Jennifer Feldman
Relato ganador del quinto premio de cuento en el Concurso 2017 del Grupo de Escritores (Argentina) donde compitieron unos 3000 autores con sus cuentos.

El agobiante calor que hacía ya varios días atacaba Buenos aires, me obligó a sentarme en un café Starbucks del centro, de esos modernos y con aire acondicionado.
Entre decenas de mesas divisé un sillón marrón y café frio en mano, me lancé a atraparlo. Ya sentada en él, di unas largas pitadas de pajita. Un dolor de cabeza, causado por un imprudente pedazo de hielo que se infiltró en mi garganta, me encegueció momentáneamente y aproveché para respirar hondo cerrando los ojos. Mi técnica para "desconectarme de la realidad” y ver solo "historias".
El café estaba lleno de hípsters, nerds, metrosexuales y anda a saber cuántas definiciones más, que ni ellos mismos entienden, pero en un mundo confuso como el de hoy, les da algún tipo de pertinencia que no encuentran en Facebook o WhatsApp.
Una voz gruesa y preocupada sonó a mi lado:
— ¿Perdón, esta silla está ocupada?— preguntó secándose la transpiración que se creó en su frente culpa de la diferencia entre el calor de afuera y el frio de adentro.
—No, llevala—su nerviosismo era evidente y esperé que mi sonrisa ayudara. No lo hizo.
Tenía pelo negro, largo, peinado como con gomina, a lo tanguero que olvidó pasar por la peluquería. Líneas en los costados de sus ojos delataban que su verdadera edad, estaba lejos de esa que permitía llevar jeans rotos, remera escote "V" con corbata y barba de homeless, pero parecía no importarle.
—Perdoná el atraso—. Un segundo hombre ocupó la silla que el morocho cuidaba como perro guardián.
—No pasa nada…Javier— dijo el hípster desconcertado, mirando al rubio que se le sentó enfrente. Sus ojos verdes, traje blanco impecable y zapatos más blancos todavía daban la impresión de propaganda de blanqueador para ropa. Su sonrisa era hipnotizante. El calor no lo afectaba y parecía haber salido recién de una ducha fresca. Su perfume, que recordaba al jazmín, llenaba el ambiente. Era extraño y totalmente simétrico, de esos de los que se dice: le pueden vender hielo hasta a un esquimal.
—Gabriel— contestó el extraterrestre. "¿Extraterrestre dije?". Si alguien entrara en mi mente en este momento, seguro escucharía las ruedas de escritora empezar a funcionar. —El celular.  Apagálo y sacále la batería. —Javier hizo lo que le pedía y yo puse la mano sobre el mío automáticamente. "¡Es un secuestro! Ahora seguro que saca un arma bajo la mesa". Imagine que el "Leonardo di Caprio junior" era el segundo de algún capo mafia y el morocho, el hijo vago al que le secuestraron a su millonario padre, que mostrando el diario de hoy en un video mandado a su celular, le rogaba que lo rescaten.
— ¿Tenés arma?— preguntó tranquilamente Gabriel. "¿¡Armas!?"  Esto se estaba poniendo pesado "ahora se arma una festichola de disparos y yo ocupada en tomar mi café frio… ¡con pajita!". Me imaginé dando declaración para la prensa después de sobrevivir el tiroteo con el vaso todavía en la mano, saliendo de entre escombros y partes de cuerpos. Anoté en mi anotador mental: "dedos y esas cosas que pueden volar con facilidad dadas las condiciones adecuadas". Sería el personaje perfecto, ese que no tiene nada que ver, atrapado en una situación insólita. Tan poco preparado para ser héroe, que no se fija en lo idiota que parece, con su vestido floreado y vaso con pajita frente a las cámaras.
—No sabía bien que traer—titubeó el terrícola—traje una Victorinox. Descarté la idea del secuestro y tiroteo. Frustrada di un salto cuando mi celular sonó: "¡No puedo ahora!, estoy en el medio de una película", susurré y corté sin esperar respuesta, ni dejar de mirar fijamente la mesa en la que se sentaban los dos más extraños participantes, de mi semanaria búsqueda de nuevos personajes.
Gabriel "¿será el verdadero ángel Gabriel?", lo miró unos segundos fijo, calculando tal vez si valía la pena seguir con lo que sea que era esta insólita reunión. Como a mí, al incómodo Javier que lo miraba con ojos negros y brillantes sin pestañar, se le hicieron largos. Me divertí con la idea del gran famoso ángel sentado en una reunión de trabajo en un Starbucks cualquiera en medio de Buenos Aires e imagine unas grandes alas escondidas en el traje:
—No puedo garantizar tu seguridad— declaró levantándose. Acomodó la silla mientras levantándose también, Javier asintió. Me moría de angustia y curiosidad: ¡Me iba a quedar sin cuento! Chupé lo que quedaba del café con ansiedad, tratando de enganchar algún dato más, algún pequeño detalle que me dé la respuesta, antes de que se escapen mis misteriosos personajes. Sorpresivamente, mientras ellos se alejaban con mi esperanza, el detalle apareció sobre la silla de la víctima. "se le debe de haber caído del bolsillo. Bueno, ya se fue, así que no pasa nada si leo el papelito". Me estiré un poco y agarré el papel de diario doblado en dos. Era un pedazo de los clasificados y todavía se veía parte del marcador rojo icónico, que remarcaba el anuncio. Lo leí expectante y mi corazón dio un salto. Me le levanté abruptamente, tropecé con la pata del sillón y me agarré de una señora que asustada, salpicó a su compañera de charla con café caliente. Como en una película de acción, parada en la vereda, busqué desesperada alguna anomalía entre los cientos de autos que pasaban por la calle Florida en la mañana de un martes de verano. Nada. Guardo el anuncio como un pequeño tesoro y sigo buscando en los clasificados de cualquier diario que encuentro, nuevo o viejo, a ver si aparece de vuelta. Probando combinaciones de números sin éxito. De vez en cuando, entro a ese Starbucks, esperando enganchar otra reunión. A lo mejor, el fantasma rubio o incluso el morocho con gomina, leen esto y me buscan, o tal vez, me los encuentre en algún futuro.


1 oct. 2017

Sólo Una

A continuación, presentamos el cuento ganador en el Primer Concurso de Micro-Relatos en Español en Israel, organizado por Ritmo Latino, en el Marco de la Sexta Feria Internacional del Libro en Español, que se llevó a cabo el viernes 15 de Setiembre en la ciudad de Raanana.

El tema que elegimos para el Concurso fue "Anécdotas Latinas en Israel", instando a los participantes a que sus historias relaten circunstancias o peripecias que atraviesan los inmigrantes latinoamericanos en Israel durante sus primeros años, en los que se enfrentan a un idioma y mentalidad tan distintos.

El cuento de Eduardo Duschkin titulado "Sólo Una" logra reflejar en pocas palabras, con pericia y sencillez, el espíritu de camaradería a ultranza del Kibbutz en sus primeras épocas de pioneros y de glorias y el choque frontal con la idiosincracia de una pareja de inmigrantes recién llegada de Buenos Aires.

Felicitaciones Eduardo!   Aquí va el cuento...

Sólo Una
por Eduardo Duschkin

Dolly y El Conde llegaron en barco a Israel en 1969.
Su destino fue el kibbutz.  Un kibbutz tan argentino que, cuando iban a Tel Aviv, decían que "viajaban a Israel".
Habían descubierto un pequeño café que hacía algo muy parecido a las medialunas.
La dueña ya los conocía.  Apenas se sentaban, les traía un enorme tazón con café con leche y dos unidades del preciado tesoro.
Un día,  El Conde pidió al entrar:  -Hoy quiero tres.
-Quién mas viene?- preguntó la mujer.
-Nadie.  Es mi cumpleaños y quiero festejarlo comiendo dos.
-Imposible.  Qué hago si -porque vos comiste dos- llega otro cliente y no tengo medialunas para darle?
-Y si no viene nadie? -preguntó El Conde sin poder creer el tono de la discusión.
-Ahora te comes una.  Y antes de volver pasas y si nadie vino... te llevas la otra.

24 jun. 2017

Efectos Personales

Pedro Muñoz llegó a Israel hace unos años como Agregado Militar de la Embajada de España y junto a su mujer, María Jesús Saiz Parga (Chus) tuvieron la buena idea de acercarse al Taller de Escritura Creativa del Instituto Cervantes de Tel Aviv y despuntar el vicio y la obsesión del narrador, una suerte de afán por volcar en palabras escritas lo que nos quema por dentro, lo que nos conmueve, lo que nos hace vibrar y amar y ofuscar, las preguntas sin respuesta, las ansiedades, los viajes realizados y los soñados, en fin... la vida misma.

Semana tras semana, a la vez que perfeccionaban su manera de relatar, fueron afianzando una relación cálida, sentida y fuerte con el grupo de escritrores y conmigo, que tengo la suerte de conducirlo.  Chus nos conmovió con historias "de mujer" muy reales, al estilo Angeles Mastretta y Pedro se convirtió en un maestro de la "reflexión interna", un recurso tan magnífico como difícil: el autor desmenuza cuestiones universales a través del momento particular que atraviesa su personaje.
Así, sacando a luz cada vez una mayor destreza narrativa, Pedro ganó los tres últimos concursos de relatos cortos que organizó el Cervantes de Tel Aviv y al concurso siguiente, el Instituto le solicitó que oficie de Jurado.

Pedro y Chus, se despiden la semana próxima del Taller y el mes próximo de Israel.  Nos queda la amistad férrea que se forjó en la intimidad de las clases, la certeza de que volveremos a vernos en Tel Aviv o en Madrid y la esperanza, por cierto... de seguir leyéndolos.

Con el excelente relato "Efectos Personales" Pedro y su ya emblemático personaje "Conrado", se despiden de nosotros.  Los dejo en buenísima compañía... que lo disfruten!

Efectos personales
Por Pedro Muñoz
Ha llegado el momento de marchar. Hay que levantar el campo y preparar la mudanza. Como al pie de un imparable glaciar, rodeado de la oscura morrena, Conrado contempla la acumulación heterogénea de bártulos que debe envolver en papel y luego colocar en cajas. ¡Dios, cuanta mugre arrastra el tiempo!  
Lleva casi un minuto sin mover un dedo invadido por esa parálisis que produce la combinación de desgana y la perspectiva  de una tarea inabarcable. Termina por ponerse a ello. Sabe por experiencia, aunque tan solo fuera de traslados, que si uno no empieza, tampoco acaba. Se sienta en una silla, suspira resignado y con el cuidado necesario para evitar una lumbalgia, a su edad siempre al acecho, empieza a seleccionar los objetos. Es el momento de desembarazarse de ese lastre de desechos que el curso de la vida va dejando en nuestro nido. Aunque a veces al dejarlos partir dejen un rastro de sangre.
Envuelve la pluma esmaltada del abuelo. No funciona, pero es un bonito recuerdo; los pasaportes caducados, llenos de sellos exóticos; el bote de monedas no menos exóticas; ajadas agendas llenas de nombres que solo son fantasmas de un pasado que parece remoto, números de teléfonos de pocas cifras  y direcciones que solo existen en su memoria.  Un pasado que, en su penumbra, parece un lugar más acogedor que este presente de luz cegadora.
Una nueva ola de desánimo le invade al comprobar que a este paso no va a deshacerse de nada. Con gesto decidido acerca la caja de cartón que servirá de cubo de la basura y empieza a arrojar trastos: gafas de sol pasadas de moda, linternas oxidadas, CDs, apuntes, libros de texto, declaraciones de la renta… Se arrepentirá. Está seguro. Pero a medida que crece la montaña de lo descartado disminuyen sus escrúpulos y su ímpetu se convierte en fiebre purificadora. Fuera todo. Hay algo absurdo e inadmisible en la discordancia entre este descomunal rastro de residuos y la leve y efímera huella que dejamos en los demás- piensa. Contemplar cómo van quedando vacíos estanterías y cajones además le produce esa íntima satisfacción del orden
Llega el turno de los álbumes de fotos. No puede evitar la tentación de abrir uno de ellos. Hubo un tiempo en que a la clásica pregunta-trampa sobre que salvaría primero de su casa en caso de incendio, contestaba sin dudar que todas esas instantáneas que empiezan ya a amarillear. Somos nuestro pasado y esas imágenes nos permiten conservar un tiempo que se escurre entre las manos. Bueno, ahora todo está en la “nube”.
Pasa las gruesas páginas y contempla la belleza adolescente de Carolina, la engañosa mirada dulce de Julia, la risa de Esteban ignorante del trágico destino que le esperaba… Todo le trae el regusto agridulce de las oportunidades perdidas y la felicidad imaginaria. En otra, ese joven de alborotados cabellos que le mira en la foto desmiente la impresión que cada mañana le devuelve el espejo de que nada ha cambiado.
Casi solitaria en la librería queda una voluminosa carpeta de cartón roja. Contiene más de un centenar de relatos redactados  por sus compañeros del Cervantes, juntaletras aficionados con los que comparte las dulces fatigas del creador. Tampoco puede evitar la tentación de abrirla y hojear alguno de los cuentos. Aunque él casi presume de mala memoria, se sorprende cuando le basta leer unas pocas frases de cada uno de ellos para recordar la trama y hasta las discusiones que provocó en clase.  Más fácil aún le resulta reconocer la mano que los ha escrito: los adjetivos exóticos, la infancia recuperada, las sombras familiares, las historias apasionadas o románticas, las protagonistas indefectiblemente asesinadas…
Cada loco con su tema.  
Les echará de menos. Han rebuscado en el fondo del alma en busca de materiales de construcción para confesarse, protegidos apenas con el disfraz de la ficción, a veces tan tupido y a menudo transparente. Revelándose a la manera en que en ocasiones nos desahogamos ante un desconocido, mientras callamos frente a quien comparte nuestra cama.
Echando un vistazo al exiguo conjunto de objetos salvados de la quema, se da cuenta de que todos tienen el poder de evocar un tiempo, una cara, un lugar. Estelas del camino en busca del tiempo perdido.
El criterio de la selección parece claro: lo que nos hace sentir, lo que nos recuerda quienes somos, lo que nos abre los ojos y a la vez nos deja viajar ligeros de equipaje. Más difícil parece el aplicarlo.
Conrado sabe que si consigue hacer así su maleta no evitará el precio del desarraigo, pero al menos el tiempo no será ese imparable glaciar que terminará aplastándole, sino la brisa que le llevará donde quiera el destino.

Dedicado a Andrea, Lucía, Mariluz, Zule, Nelson, Joaquín, Sabina, Vivian, Jose, Yamila, Eitan…

A Chus le dedico todo lo demás.

15 jun. 2017

En la Feria del Libro de Jerusalem

Qué vivencia intensa presentar una novela en la Feria Internacional del Libro de Jerusalem!

Gracias Instituto Cervantes, Embajada Argentina y La Torre de Babel Ediciones por organizar un evento tan lindo...


La Feria del Libro se realizó en el predio
de la vieja estación de trenes - Jerusalem
Stand de la Editorial, pegadito al del Instituto Cervantes 

"La última historia de amor"
describe la vida de una mujer que, todos los jueves, copa de vino en mano y labios carmesí, se sienta en una banqueta alta en el escenario de un bar-teatro pintoresco y cuenta al público historias de amor. Cada semana las historias son distintas, menos la última, que es siempre la       misma y que relata su propia búsqueda de un amor que la abrazó una vez en la vida y se despidió con un puñado de palabras justas: "Sé como volver a encontrarte".