24 dic. 2016

Neftalí: un hombre fiel

El género micro-relato es difícil e implica varios desafíos: contar una historia completa en menos de 100 palabras.  Que tenga un comienzo, un nudo o conflicto y una resolución.  Que cuente algo muy puntual pero que a la vez sea vigente y universal en distintas épocas y culturas.  Y que sugiera mucho más de lo que cuenta... 
La escritora Sabina DuAr presentó en el Taller un micro-relato que reúne todas estas características... que lo disfruten!!

 Neftalí: un hombre fiel
 Por Sabina DuAr

 Pese a que Mara le ofrecía sus labios jugosos y sus muslos prietos, impregnados de su  perfume favorito Flowerbomb, de Viktor y Rolf...
 Pese a las sábanas escarlata, siempre dispuestas para la batalla...
 Pese a la lencería casi palpitante que ella misma elegía para lucir con él...
 Y pese al Buen Amor que su esposa Mara le prodigaba... Neftalí jamás volvió
 a tocar otra piel que no fuera la de su amante.
“No se atreverá a dejarme” -pensó el hombre egocéntrico de pectorales bravíos y  cabellos ensortijados- mientras la observaba dormir en la otra orilla de la cama.
 Y le dio un beso a Mara en la frente, como se besa a una madre.



3 dic. 2016

Uno de Mariluz y uno de Nelson

Esta semana en el blog, dos cuentos que hablan desde un presente que mira hacia atrás con nostalgia: "El último favor" historia de Mariluz Rivera Sierra que le peleó el Primer Puesto  a "Paradise Birds" y "Don Pedro" un recuerdo campestre de Nelson Guilboa. Noten como ambos autores, en algún momento, echan mano a personajes del Quijote para apoyar la descripción de sus propios personajes...

EL ÚLTIMO FAVOR
Por Mariluz Rivera Sierra

El calor y el tráfico desdibujaban el paisaje de las calles de Tel Aviv. La densidad amarraba mis ojos a Morfeo. Y yo, impávida frente al peligro, apenas podía aferrarme al volante para no caer del todo en sus brazos. Fue entonces cuando el llamado de mi padre me arrancó del letargo y de un frenazo evite estrellarme con el auto que tenía en frente.  Atolondrada por la situación, apenas si entendí sus primeras palabras al otro lado de la línea y del abismo que nos separaba desde hacía ya algún tiempo.
-Que hubo m’hija, necesito que me haga un último favor- le escuché decir.   Le prometo que después de esto no la vuelvo a molestar -añadió- dejándome claro que se alejaría de mí aún más.
Le dije que no, anticipándome a su pedido. Ya estaba bueno de sus locuras -pensé- no le alcahuetearía ni una más. Le pedí por favor que empacara sus cosas, dejara la selva y regresara a casa con mamá, quien le esperaba, dispuesta a cuidarle y a amarle como nunca había dejado de hacerlo.
Papá siempre había sido un loco, un soñador. Un quijote detrás de mil y una Dulcineas, a las que quería arreglarles la vida. Desventuradas saladoras de puercos que se vendían al primer hombre que les regalaba un trozo de pan. Utopías de ensueño que al final de sus días le habían dejado tan solo y tan triste como al viejo de la Mancha, Alonso Quijano.
Siempre queriendo ayudar a todo el mundo. Nunca supo decir no.
El día que perdió su negocio y quedó en bancarrota, lloraba abrazando sus cuadernos de fiados. Interminables listas de compras, firmadas por todos aquellos deudores morosos. Mi padre no tenía corazón para dejarles regresar a casa sin el mercado. Que los hijos de otros aguantaran hambre, era una idea que no podía soportar. Fue así como siempre, terminaba llenándole la canasta a los paisanos de aquel “Macondo” triste y olvidado de la mano de Dios.
-No se preocupe Berta, que toda esta gente nos va a pagar, no ve que me quieren mucho? -solía decir-.
En eso tenía razón, todos lo querían mucho pero… ¿qué sabe el amor de bolsillos vacíos?
Hacía mucho tiempo que todos habíamos abandonado el nido y mi padre convertido ya en un ingenioso hidalgo, se había dedicado a llenar su vida de aventuras dignas de un caballero andante.
Pero últimamente, estaba enfermo y agotado. Aunque no quería reconocerlo, deseaba reposar el cansancio que le habían dejado sus travesías. A regañadientes, como quien no quiere la cosa, empacó sus corotos y dejó que el astro más brillante del crepúsculo le guiara.
Esa misma noche, después de nuestra última conversación, mi amado quijote emprendió el viaje montado en su Rocinante, una pequeña moto Vespa tan desgastada como él.

Buscando el camino de regreso a casa, encontró la muerte en su última batalla. Un embriagado molino de viento que llevaba por armadura la luz de la luna, sin pito ni aviso, como una ráfaga de viento, le arrancó la vida estrellándose contra él, dejando su frágil cuerpo inerte bajo un árbol frondoso de hojas grandes, a la orilla del camino.

DON PEDRO
por Nelson Guilboa
De la cartera escolar asomaban nombres, rostros, que quedaron a la vera del camino. Dulces recuerdos que llevo bajo el brazo y los quiero compartir con ustedes.  Hoy ya no están, pero existen…uno de ellos fue Don Pedro o Pedrin como lo llamábamos cariñosamente. Lo conocí en las primeras vacaciones que pase en el campo junto a mis primos.
La  Propiedad  lindera le  pertenecía. Vivía junto a su asistente -Pinto- que yo llamaba Sancho  por su función.
Dos gauchos de comedias infantiles, eran tan distintos como su estatura. Pedrin octogenario, alto y fortachón para su edad, de buen talante y le gustaba bromear, Pinto en cambio era de estatura baja y aparentaba los cincuenta. De  cara redonda, un sombreo de cuero calado hasta las orejas, atado con un tiento por debajo de la mandíbula, un pañuelo blanco le rodeaba el cuello y. unas gafas de gruesos cristales, escondían sus verdaderos ojos. Nos  causaba gracia cuando queriendo simular su miopía, veía cosas de lejos que no existían. Su oído lo mismo, afirmaba que podía captar sonidos lo mismo que Jilguero, -El can guardián de la estancia-  En cambio Pedrin no necesitaba lentes y veía mejor que nosotros, sabía quién se acercaba de lejos con solo divisar la silueta o -el bulto- como él decía. A menudo lo veíamos pasar montado en su caballo o en el Ford T de capota negra.  Que en días de lluvia, no se atascaba en ningún charco por enlodado  y hondo que fuese.
Vivian los dos en paupérrima modestia, por vocación,  porque no le faltaban los medios. El rancho de adobe, amenazaba a desmoronarse. El techo de paja, presentaba desordenes y goteras, como si las gallinas hubieran estado escarbando. El  piso de tierra desparejo y un tablón en una esquina oficiaban  de mesa. Un vetusto armario ennegrecido albergaba vajilla de loza inglesa, que denunciaba la presencia femenina en una época remota. La cocina, consistía en un fogón siempre encendido  en el que nunca faltaba la caldera tiznada,  soplando vapor y silbando como un barco que se aleja,  lista para cebar el mate, solo eso  tomaban, llegue a pensar que ni saben que existe la Coca Cola.
Con solo divisar  a los cinco “forajidos” armados de hondas y alguna escopeta de caza atravesando campos  rumbo a sus casa, le pedía  a Pinto ensillar  los caballos. Tenía varios y variados pero consciente del peligro elegía los más dóciles y petisos.
Un día compitiendo con mi primo quise acortar distancia y apuré el galope. Cuando lo estaba por alcanzar, Luna -la yegua de color bayo- metió la pata en un pozo y rodó en el terreno arado…
Amortigüé el porrazo con la mano izquierda, que sufrió fractura, pero a Luna hubo que sacrificarla… se quebró un remo. No sabía cómo emendar esa inconciencia, me sentía culpable, por un impulso egoísta apresure su fin.  Y para Pedrin generare  una tragedia, pues sabia como quería a sus animales, a todos les había elegido sus nombres. El me consoló con que a Luna ya no le quedaba mucho, -Esta  vieja- me dijo pasándome el brazo por los hombros -Se fue uno días antes no más, no te martirices gurí. Ande vaya,  vaya  al hospital que le ponga un yeso-
Siempre serviciales, nunca pedían nada a cambio. Mi tío lo invito un día  a su  casa en la ciudad,  para mostrarle adelantos y comodidades. Él se rehusaba, diplomático: -El progreso es adictivo.  Cada vez que voy al pueblo tengo ganas de renovarme y comprar, pero yo le digo a Pinto mejor no cambiar nada, porque si uno se tienta no termina ahí y ¡hasta una mujer uno elige!  Y ahí nomás la vida se complica-…cursaba ya sexto grado y creía saberlo todo, pero no entendí bien su respuesta.
Tal vez la felicidad en nuestros rostros de pibes era su salario, su recompensa., Pinto nunca tuvo  mujer pero Pedrin si, en su propiedad  había una casa abandonada donde alguna vez  fue habitada, pero no sé, nunca pregunte, si perteneció a sus finados padres o si tenía otro fin, de todos modos estaba por fuera en mejor estado de la que habitaban.
Si tuvo hijos, nunca hablo de ellos, creo que  fuimos nosotros aquellos que les falto. Le complacía vernos felices. Sin proponérselo más que un gaucho servicial fue un abuelo ejemplar, por  su actitud positiva, humildad, cariño y  talento.