1 dic. 2014

Tip 47: "Ahora puedo contarlo"

Entré a la manicuría lívida de frío y todavía temblando.  Me había quedado a dormir en Jerusalem y me tocó volver de mañana, temprano, en un día gris como un mal amor y con esa lluviecita pertinaz que arruga el parabrisas todo el tiempo.

Violeta recién había abierto el local y no necesitó mas que un instante para leer en mi rostro que yo había atravesado una experiencia terrible.

-Sentate- casi ordenó, mientras se paraba de un salto para hacerme un té-.  Parece que venís del más allá.

-De ahí vengo- acoté.

Y me senté al abrigo del micro-clima tan cálido y apacible que Violeta sabía generar en el minúsculo recinto de la manicuría, sin ninguna intención de "hacerme las manos", sólo con la imperiosa necesidad de contar y encontrar alivio en ello.

-Anoche dicté una conferencia en Jerusalem y pernocté en lo de mi prima para no volver manejando entre la oscuridad, la lluvia, las curvas y el asfalto resbaladizo- conté.

Violeta aprobó la decisión con un gesto firme de cabeza.
-Esa ruta es una montaña rusa.

-Salí hoy a las 6.30, para evitarme el bardo a la entrada de Tel Aviv y tener tiempo de pasar por casa a cambiarme antes de ir al laburo- continué con tono trémulo, sin poder creer aún que estaba contenida y a salvo, narrando la anécdota de lo que había vivido-.  De repente, vi un cartel que alertaba con letras electrónicas en amarillo:  "Cuidado:  a 500 mts. niebla intensa".

Violeta se agarró la cabeza.  Y yo... tomé un sorbito de té para animarme a explicar como bordeé un abismo con patines en los pies y con los ojos vendados.

-No fue paulatino.  De repente, me encontré adentro de una nube espesa.  Sentís que te taparon los ojos de atrás y tenés que seguir por un camino que está en arreglo, corcovea entre cerros y no tiene banquina.  Fue pensar en todos y cada uno de mis seres queridos.  Fue imaginar un camión que me choca de atrás y creer a cada segundo que me estrello con un auto de adelante o vuelco hacia el borde del camino.  Fue abrir los ojos como pelotas de tenis y sin embargo, no distinguir ni siquiera el capot... Fue encender las balizas y las luces altas y...  conducir  rezando.

-¿¡Rezando, vos?!-  La tensión bajó y esbocé una sonrisa.

-Literalmente.  La oración parte de un miedo en el corazón y se te planta en la boca, es cosa de locos: "Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad"- recité despacito.  Una y otra vez, Violeta... durante veinte malditos e interminables minutos, lo único que atiné a balbucear fue "Escucha Israel, Adonai es Nuestro Dios, Adonai es único". 
Y se hizo la luz.
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Queridos autores:  a veces vivimos (o imaginamos) situaciones puntuales muy específicas que son traumáticas en el momento, pero que -por suerte- ese trauma no dura en el tiempo y uno "vive para contarlo".  Son peripecias  que nos hacen pasar un momento muy feo, pero luego, al abrigo de familia y amigos, se convierten en la anécdota estrella de la reunión.
¿Quién aporta al blog la narración de una circunstancia tremenda vivida (real o ficcional... ¡eso no importa!) que tiempo después se convierte en anécdota?