9 jun. 2016

Arco Iris y Casi en Secreto

Esta semana en el blog, la felicidad literaria viene por partida doble.  El grupo de escritores que se ha formado bajo la caricia del Cervantes en Tel Aviv, alberga un crisol de plumas y culturas difícil de encontrar en otro rincón del mundo.

Empezamos con "Arco Iris", el cuento de Vivian Schul, peruana de origen, doctora y magnífica escritora, que describe con reminiscencia cinematográfica -casi lo podemos ver- una de las muchas paradojas de este país Israel, con sus contradicciones y mandatos, su democracia a rajatabla y el peso-yunque de sus ancestros.  No cualquiera puede escribir un cuento como éste: hace falta habilidad, encanto, mucho conocimiento y una mirada social profunda.  Ya leerán de qué hablo...

Y para comenzar el fin de semana con la música del género de los poetas, el blog se ilumina con el poema de Sabina Duque Aristizábal, oriunda de Colombia y atravesada por el encanto de estas tierras, que leyó entre nosotros "Casi en Secreto", un trabajo que luego atravesó las latitudes y recibió un Premio Internacional.  Bravo, Sabina!

Disfruten ambas lecturas y -como siempre- nos ayudará muchísimo si hacen click al pie, en la palabra Comentarios y nos dejan vuestra opinión que enriquece el blog.

ARCO IRIS
Por Vivian Schul

Ese 25 de Yar del año 5776, Eliezer Bauer -bisnieto del gran rabino Naftali Bauer de Radoshitz- despertó con un fuerte dolor de cabeza. A pesar del malestar, al abrir los ojos murmuró las mismas frases que venía repitiendo cada mañana desde su niñez, agradeciéndole al Todo Poderoso la devolución de su alma. Al divisar la cama vacía y bien tendida de su esposa entendió la causa de su ausencia y el martilleo de sus sienes empeoró. Ambos lechos, de una plaza cada uno, estaban separados por un metro de distancia pues durante los días o semanas de la impureza femenina, sus pieles no debían rozarse. Luego de las abluciones y del rezo matutino, dio un beso en la frente a cada uno de sus cinco hijos, se puso el sombrero negro con reborde de piel y salió.

Eran las siete de la mañana y la avenida Rothschild del centro de Tel Aviv estaba vacía. No por ello ralentizó su caminar ni dejó de mirar el piso. Esa caminata rápida, casi etérea y como dando saltitos era la misma de su padre, quien a su vez la había aprendido del abuelo y aquel del tatarabuelo y les impedía perder el tiempo o desviar la mente en asuntos profanos.
Mientras se dirigía a la casa de estudios de la calle Bograshov, recordaba los razonamientos que había sostenido el día anterior con su alumno a propósito de la página talmúdica diaria. Ese Shlomo Ben Zacharias era un muchacho agudo y apasionado y ambos se habían entusiasmado tanto con la discusión, las sutilezas  de los argumentos y las contradicciones,  que no se habían dado cuenta que  eran las tres de la madrugada cuando abandonaron el aula. ¿Un ladrón que robaba en plena luz del día era menos culpable que aquel que lo hacía resguardado por la oscuridad de la noche? ¿Por qué cuando diez sabios decretaban idéntica sentencia ésta no era válida, mientras que si eran nueve a decidir lo mismo y uno solo lo contrario la decisión era adoptada? Divagaba por los vericuetos de las posibles interpretaciones del texto, cuando recordó que Ben Zacharias, cuando se despedían, había mencionado como al pasar, que ese viernes nadie iría a estudiar. 
Se sorprendió al abrir la puerta de la Yeshiva y descubrir que la sala estaba vacía. Además, la señora Finkel aún no había cumplido con el aseo y los ceniceros estaban llenos de colillas, las sillas en desorden y los vasos de plástico con sarro de café o fondos de té desperdigados sobre las mesas.
Se quitó el sombrero, se puso el chal blanco con rayas celestes y cogió un volumen del Talmud de Babilonia abriéndolo en la misma página del día anterior. Dos horas más tarde, se hallaba tan enfrascado en los comentarios de Rashi que no oyó a la señora Finkel entrar y murmurar:
-Disculpe mi honorable, pensaba que hoy día no vendría nadie y por ello me permití llegar a las nueve. Cuando a las once de la mañana la señora Finkel permaneció de pie inmóvil frente  a su mesa, el estudioso entendió que deseaba hablarle. Como sin duda se trataba de un asunto profano cerró el libro sagrado, no sin antes poner entre las dos páginas la punta de su chal, para indicarle a su interlocutor que solo interrumpía la lectura por unos instantes.
-Respetado Rav, debería empezar a irse- le advirtió la señora Finkel.
El estudioso asintió con la cabeza y volvió a abrir el libro, no sin antes pensar irritado que los tiempos habían cambiado mucho y para mal. “Hace tan solo un siglo, en Radoshitz… ¿qué mujer se hubiese atrevido a interrumpir la lectura de mi abuelo, el sabio Naftali Bauer, con sus cacareos?”
A mediodía decidió volver a casa para ayudar a su esposa e hijos con las preparaciones para el Shabat . Quizás incluso le quedaría tiempo para ir al baño ritual a purificarse antes de la entrada del santo día.
Solo entonces oyó la música, los gritos y la algarabía que a pesar de los vidrios dobles y las persianas cerradas irrumpían en la sala de estudio. Al pisar la vereda de la calle Bograshov se halló sumergido en una ola de gentes que por ambas aceras y en medio de la pista avanzaba en dirección contraria a la suya, descendiendo hacia el mar. Instintivamente, quizás por el recuerdo atávico de los numerosos pogromos sufridos en la lejana Bukovina por sus antepasados, el religioso quiso darse la vuelta para albergarse en la sala de estudios, pero un grupo de vociferantes que blandía banderas multicolores se interpuso entre su persona y la puerta salvadora. Decidió armarse de valor y subir la calle a contracorriente, con la cabeza gacha y el cuerpo encogido, oponiéndose al flujo de la Marcha del Orgullo, ese caluroso mes de Junio del año 2016.  Los seres entre los cuales trataba de escurrirse gritaban, cantaban y saltaban al ritmo de desacordes estridentes y carentes de armonía expulsados por los altoparlantes de las veredas. “Dios, sálvame” pensó y como respuesta, recibió un chorro de agua fría que le hizo levantar la cabeza. Descubrió, colgados de los postes de electricidad y de los balcones, una infinidad de estandartes con los colores del arco iris y sobresaliendo de un techo, localizó la insolente manguera que lo acababa de empapar. Para sorpresa suya, los impíos que lo rodeaban gritaban pidiendo más agua y celebraban con risas estruendosas  las gotas que caían,  torciéndose con muestras bestiales de placer, nada dignas para quien debería representar  la imagen del Creador sobre la tierra.

Por más que subía la calle bajando la cabeza, Eliezer no pudo impedir ver las filas de ombligos que descendían, imberbes y tersos unos, hundidos entre vellos y músculos abdominales otros, o perforados por decadentes aros; no pudo evitar la vista de muslos al descubierto, de pantalones tan cortos y ajustados que más parecían ropa interior de mujer. Todo ello era demasiado para este hombre piadoso que apenas pudo estirar un brazo se sacó el sombrero para ponérselo frente a la cara. Mientras se sacaba el tocado en medio al caos y al apretujo, un codo descuidado se lo arrancó y lo hizo rodar entre los pies de la multitud haciéndolo llegar media cuadra más abajo. Era un sombrero caro, confeccionado por hábiles artesanos e importado de Inglaterra. Eliezer, con sus modestos recursos, no podía permitirse adquirir uno nuevo, de modo que se volteó para ir cuesta abajo en su búsqueda. Lo que antes fueran vientres se transformó en espaldas.  Hombros fornidos de animal primitivo, músculos deltoides hipertrofiados, cinturas finas. Una visión le cortó a Eliezer la respiración. Frente a él un par de nalgas recias y varoniles se balanceaban mientras que una cinta violeta se hundía dentro de la quebrada transformando esas dos naturales protuberancias en satánica insinuación.
Eliezer Bauer llegó a casa tarde y temblando.  Sin saludar a nadie, se refugió dentro de su habitación. Deseaba estar a solas para intentar reponerse con la ayuda de la oración. Al descubrir que las dos camas matrimoniales estaban unidas y cubiertas con la misma sábana y frazada, entendió que el período impuro de su esposa había concluido y que esa mañana ella, luego de revisar tres veces que el paño de su entrepierna no mostraba ningún trazo de sangre, se había sumergido entera en las aguas del baño ritual. La visión de los lechos unidos solo aumentó su desasosiego. Tampoco se calmó al ver sobre el comedor el mantel blanco inmaculado del Shabat, ni al presenciar la serenidad y delicadeza con la cual su hija mayor disponía sobre la mesa la porcelana con ribete dorado que usaban los viernes para servir las carnes. Tan alterado estaba que casi olvidó cumplir con las tareas de preparación del sábado que le incumbían solo a él, como inmovilizar el botón del foco del refrigerador para que al abrirlo no se encendiese y apagase la luz, o cambiar el jabón sólido de los lavatorios por una botella de jabón líquido. Si el Todo Poderoso, bendito sea su nombre,  había descansado el séptimo día, el hombre no podía permitirse modificar con sus manos las características de la Creación cambiando la forma de un sólido o generando y extinguiendo una chispa.
Su inquietud, halló un asomo de descanso cuando empezó a discurrir sobre la justeza del uso del jabón líquido. Según los jasídicos de Lvov, el mismo sabio allá en Ucrania  les permitía a los niños durante los sábados trazar líneas sobre un vidrio empañado en vapor, pues ese dibujo, (así como la deformación de una barra de jabón, pensó Eliezer) era pasajero, no se imprimía de modo definitivo en la creación y por lo tanto no interrumpía la armonía del universo en el séptimo día.
La agitación lo volvió a invadir en la sinagoga, al entonar la canción de bienvenida al sábado, descrita en ese texto como la novia que llega para reunirse con su amado. Sin poder evitarlo Eliezer volvió a ver todas esas carnes expuestas al aire libre y sintió un escalofrío.
Esa noche, luego de la cena, a pesar de la pureza de su esposa y de la santidad del día, no logró honrar el sagrado mandamiento que El Primero en Hablar, bendito sea su nombre, había ordenado en sus libros. Le dio a su esposa la espalda y tardó en quedarse dormido. Su sueño fue agitado, lleno de visiones y situaciones absurdas. Se vio a él mismo rodeado por los alumnos de la Yeshiva saltando y cantando al ritmo de tonadas jasídicas, hasta que con una mano se desabotonó la camisa y con la otra descolgó de una de las terrazas una bandera multicolor para blandirla al viento. Lo peor de ese sueño era que se sentía feliz, realizado, en paz consigo mismo. Estaba invadido por un tipo de felicidad que solo había sentido durante esas noches cuando en la sala de estudios, le parecía hundirse a través de las letras sagradas en los secretos de la creación y hasta fusionar con el Altísimo.
Despertó cubierto de sudor y descubrió a su esposa al lado suyo. Esta lo miraba  con una sonrisa a la vez suplicante y comprensiva, deseosa pero también discreta y púdica. La dulzura de sus labios embellecía aun más sus delicados rasgos. A pesar de ello Eliezer no pudo evitar suspirar a la vez que pensó "La vida no es como uno quiere". Inmediatamente sintió un profundo remordimiento y le pidió perdón a Dios.
En ese instante, la visión fugaz de un hilo violeta  cruzó su mente  y le permitió cumplir con el mandamiento bíblico de Pru ve Urvu, “Creced y multiplicaos”.

Mientras abrazaba a su mujer, Eliezer se sintió invadido por una profunda ternura y el siguiente pensamiento le llegó como un consuelo: “Ella es la mujer que amo. A su lado deseo envejecer y seguir alabando a Nuestro Señor”.


CASI EN SECRETO
por Sabina Duque Aristizábal
Poema ganador: Primera Mención Internacional - Israel.
XIX Certamen Internacional de Poesía y Cuento - Buenos Aires Argentina Año 2016.   Bajo el seudónimo: Madrigal.
Dedico esta Mención al Gran Hacedor. A mis seres amados, a mi Colombia que me vio nacer y a Israel por enjugar mis lágrimas mientras paría el poema. Gracias, Grupo de Escritores Argentinos.

Sin licencia
Sin planos
Sin plomada
Intento construir una ciudad con alas.
El temporal destruyó las primeras cabañas
Sobrevivieron algunos muros
Pocos edificios han conocido la pátina del tiempo

Todo lo que tengo es un montón de ladrillos
Unos
herencia de mis maestros
Otros
cargados cuesta arriba casi en secreto

Cosa inútil y sin paga
Refunfuñan quienes me ven sacar la carretilla
llena de escombros

Si una de mis casas detiene su vuelo para mirar tus ojos
Entra
Inspecciona la nevera
Disfruta la chimenea y la hamaca
Ora de rodillas
Ríe a carcajadas
O llora desnudo si lo prefieres

Si no te interesa porque los pasillos son húmedos y fríos
y rondan en la noche los fantasmas
Porque hay demasiada melancolía
Demasiado calor
Demasiada nada
Deja una nota bajo la puerta para saber que estuviste allí.
  

5 jun. 2016

Reinventarse

Esta semana, comparto con ustedes una de las historias de María Jesús Saiz Parga.  "Chus", como la llamamos afectuosamente, indaga a través de sus relatos el alma femenina, sus amores, dolores y quiebres, sus deseos y reflexiones internas más profundas.  Los dejo con su cuento "Reinventarse", con su delicioso personaje Angustias y los avatares que la impulsan a evolucionar... que lo disfruten! Y como siempre, será un gran aporte si hacen click al pie, en la palabra Comentarios y nos dejan vuestra opinión.


REINVENTARSE
por Chus Saiz

Angustias salió del refugio desorientada… ¿cuánto tiempo estuvo encerrada? Su último recuerdo fue cuando tomó el tranquilizante que le dieron al entrar, para calmar la histeria colectiva por el huracán que se acercaba.  
La tormenta era la peor de los últimos años y en los pueblos de la costa  ya había sembrando a su paso el caos y la desesperación: tejados que habían volado, cristales rotos, huertos arrasados, autos volteados y animales perdidos o ahogados.  En Vallermoso, el ciclón entró con furia y arrasó sin piedad un paisaje antes protegido por las montañas que ahora servían de tumba al pueblo enterrado bajo el lodo.  Sólo Angustias y unos pocos vecinos habían sobrevivido a la tragedia.

¡Cuántas veces había querido perder de vista ese lugar! Sentía que se hundía en aquella garganta natural de difícil acceso, sin embargo ahora, la idea de no volver a verlo, de no corretear por sus calles empedradas, de no refugiarse de la lluvia  y el sol en los soportales de la calle mayor  se le hacía intolerable.

Con los ojos llenos de lágrimas, trató de imaginar sobre la lengua de fango, el lugar donde ayer se levantaba su casa.  Se acercó con la esperanza de que algo hubiera resistido al derrumbe de la ladera. Caminó hacia una solitaria viga de madera clavada en vertical que parecía pedir a gritos un madero  para señalar con una cruz la tumba de todo un pueblo.  Vallermoso había desaparecido bajo un mar de fango que no dejó rastro de la iglesia, ni de las casas del barrio alto, ni del caserón  familiar.
Una cabeza de muñeca, la cara hundida en el barro, le recordó con un escalofrío que atravesó su desánimo los gritos infantiles que no volvería a escuchar.

Lo había perdido todo y se encontró pensando, de haber tenido opción… ¿qué hubiera salvado?  Lo primero que le vino a la cabeza fueron las joyas de la familia, esas que llevaban años escondidas dentro de unas botas de invierno al fondo del armario. Nunca se las puso por ser demasiado ostentosas, pero tampoco las vendió o fundió por miedo a traicionar la costumbre familiar de su traspaso generacional. Después pensó en el jersey de cachemir azul cielo que tan bien combinaba con el color de sus ojos y que aún no había estrenado. Por último, le llegó la imagen del cuadro que heredó de sus abuelos.  Era un antiguo grabado de una ciudad del norte de España con una bonita catedral gótica rodeada de casas de aspecto burgués. La ciudad de donde vinieron sus abuelos, huyendo de una guerra entre hermanos que asoló ese país. Ellos supieron reaccionar, sobrevivir, reinventarse y cargando con tres hijos, las joyas y el cuadro, comenzaron una nueva vida en el lejano Caribe, rodeados por una naturaleza exuberante que nada les recordaba a su estepa castellana. Allí murieron y fueron enterrados, dejando a sus descendientes como legado una casona de piedra con patio central en la entrada y una explotación agrícola de cacao y café en pleno rendimiento, con la condición que sus tumbas estuvieran siempre limpias y con flores frescas. Esa herencia, si bien facilitó la vida a sus padres, a Angustias le pareció una condena, un lastre que la retenía a ese pueblo encerrado entre cumbres.
A medida que las lágrimas se secaban, su visión se aclaraba. Con la certeza de que ya no quedaba nada de su pasado, una sensación extraña la invadió y respiró profundamente. El pecho se le llenó de aire puro y al expulsarlo, sintió que exhalaba la frustración de los sueños no realizados y la impotencia por las ataduras de aquel sitio y sus muertos.  Se sintió libre, renacida.

Ya nada quedaba de la Angustias de Vallermoso.  Al igual que sus abuelos –pensó- tendría que reinventarse en alguna parte y el recuerdo del antiguo grabado que ellos le habían legado, le sugirió el lugar.  
 Y de pronto, como quien descubre por primera vez algo que estuvo frente a sí toda la vida, desvió los ojos del lodo… y recordó que su segundo nombre era Esperanza.