5 jun. 2016

Reinventarse

Esta semana, comparto con ustedes una de las historias de María Jesús Saiz Parga.  "Chus", como la llamamos afectuosamente, indaga a través de sus relatos el alma femenina, sus amores, dolores y quiebres, sus deseos y reflexiones internas más profundas.  Los dejo con su cuento "Reinventarse", con su delicioso personaje Angustias y los avatares que la impulsan a evolucionar... que lo disfruten! Y como siempre, será un gran aporte si hacen click al pie, en la palabra Comentarios y nos dejan vuestra opinión.


REINVENTARSE
por Chus Saiz

Angustias salió del refugio desorientada… ¿cuánto tiempo estuvo encerrada? Su último recuerdo fue cuando tomó el tranquilizante que le dieron al entrar, para calmar la histeria colectiva por el huracán que se acercaba.  
La tormenta era la peor de los últimos años y en los pueblos de la costa  ya había sembrando a su paso el caos y la desesperación: tejados que habían volado, cristales rotos, huertos arrasados, autos volteados y animales perdidos o ahogados.  En Vallermoso, el ciclón entró con furia y arrasó sin piedad un paisaje antes protegido por las montañas que ahora servían de tumba al pueblo enterrado bajo el lodo.  Sólo Angustias y unos pocos vecinos habían sobrevivido a la tragedia.

¡Cuántas veces había querido perder de vista ese lugar! Sentía que se hundía en aquella garganta natural de difícil acceso, sin embargo ahora, la idea de no volver a verlo, de no corretear por sus calles empedradas, de no refugiarse de la lluvia  y el sol en los soportales de la calle mayor  se le hacía intolerable.

Con los ojos llenos de lágrimas, trató de imaginar sobre la lengua de fango, el lugar donde ayer se levantaba su casa.  Se acercó con la esperanza de que algo hubiera resistido al derrumbe de la ladera. Caminó hacia una solitaria viga de madera clavada en vertical que parecía pedir a gritos un madero  para señalar con una cruz la tumba de todo un pueblo.  Vallermoso había desaparecido bajo un mar de fango que no dejó rastro de la iglesia, ni de las casas del barrio alto, ni del caserón  familiar.
Una cabeza de muñeca, la cara hundida en el barro, le recordó con un escalofrío que atravesó su desánimo los gritos infantiles que no volvería a escuchar.

Lo había perdido todo y se encontró pensando, de haber tenido opción… ¿qué hubiera salvado?  Lo primero que le vino a la cabeza fueron las joyas de la familia, esas que llevaban años escondidas dentro de unas botas de invierno al fondo del armario. Nunca se las puso por ser demasiado ostentosas, pero tampoco las vendió o fundió por miedo a traicionar la costumbre familiar de su traspaso generacional. Después pensó en el jersey de cachemir azul cielo que tan bien combinaba con el color de sus ojos y que aún no había estrenado. Por último, le llegó la imagen del cuadro que heredó de sus abuelos.  Era un antiguo grabado de una ciudad del norte de España con una bonita catedral gótica rodeada de casas de aspecto burgués. La ciudad de donde vinieron sus abuelos, huyendo de una guerra entre hermanos que asoló ese país. Ellos supieron reaccionar, sobrevivir, reinventarse y cargando con tres hijos, las joyas y el cuadro, comenzaron una nueva vida en el lejano Caribe, rodeados por una naturaleza exuberante que nada les recordaba a su estepa castellana. Allí murieron y fueron enterrados, dejando a sus descendientes como legado una casona de piedra con patio central en la entrada y una explotación agrícola de cacao y café en pleno rendimiento, con la condición que sus tumbas estuvieran siempre limpias y con flores frescas. Esa herencia, si bien facilitó la vida a sus padres, a Angustias le pareció una condena, un lastre que la retenía a ese pueblo encerrado entre cumbres.
A medida que las lágrimas se secaban, su visión se aclaraba. Con la certeza de que ya no quedaba nada de su pasado, una sensación extraña la invadió y respiró profundamente. El pecho se le llenó de aire puro y al expulsarlo, sintió que exhalaba la frustración de los sueños no realizados y la impotencia por las ataduras de aquel sitio y sus muertos.  Se sintió libre, renacida.

Ya nada quedaba de la Angustias de Vallermoso.  Al igual que sus abuelos –pensó- tendría que reinventarse en alguna parte y el recuerdo del antiguo grabado que ellos le habían legado, le sugirió el lugar.  
 Y de pronto, como quien descubre por primera vez algo que estuvo frente a sí toda la vida, desvió los ojos del lodo… y recordó que su segundo nombre era Esperanza.

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