23 ene. 2017

Pausa Mágica y La Despedida Inevitable

La fantasía de detener el tiempo y las consecuencias que esto implica, es un tema que ha despertado ideas y motivado películas y cuentos fantásticos a lo largo de la historia.

Hoy en el blog, Pablo Feldman y Yamila Carini deleitan con dos narraciones en donde el reloj se vuelve un caprichoso protagonista que juega con el asombro de los personajes.  ¡Que los disfruten! Aguardamos vuestros comentarios...

PAUSA MÁGICA
Por Pablo Feldman

Abelardo dibujó con tiza en el suelo una estrella de cinco puntas con un círculo alrededor, se paró en el centro, sostuvo el amuleto en alto con su mano derecha y con el libro abierto, pronunció el conjuro en voz alta: -¡Tempus est, subtitit, et non fluere!
El doctor Abelardo Lecuyer, médico psiquiatra, era un tipo callado y serio. Descuidado en el vestir, bajo y relleno, usaba anteojos “culo de botella”.  Llegado a los cuarenta y cinco seguía “solterito y sin apuro”. En realidad, no se relacionaba ni con mujeres ni con hombres y repartía todo su tiempo entre el trabajo y la lectura. Era fanático de los libros antiguos y de ser posible, escritos en lenguas muertas: latín y griego. Frecuentaba esas librerías que venden usados en la calle Corrientes y en ocasiones lo favorecía la fortuna y encontraba alguna “joya” cubierta de polvo por muy bajo precio. Ese día, a media mañana, pasó por lo de su proveedor favorito: Don Venancio, dueño de “Librería Hermanos Libraio” con un negocio en Buenos Aires y una sucursal en Roma.
Al abrir la puerta, una campanita que colgaba del marco alertó al dueño de un potencial cliente. Don Venancio lo reconoció enseguida y con una amplia sonrisa exclamó:
-¡Justo pensaba en usted “doc”!  Ayer al mediodía, me llegó un flete con un montón de libros viejos, era la biblioteca de un profesor de filosofía.  El corazón de Abelardo se disparó. Una sensación que empezaba en el ombligo, rápidamente descendió hasta la entrepierna produciéndole una erección. Sabía que en esos lotes, podía encontrar incunables y el placer que esto le producía iba más allá de lo intelectual, lo excitaba sexualmente. Quizás por eso no necesitaba una esposa. Con los libros estaba más que satisfecho. 
-¿Dónde están? ¿Los puedo revisar?- preguntó ansioso como un adolescente en su primera cita.
-Faltaba más “doc”. La mitad del montón está en la mesa verde del fondo. Todavía no tuve tiempo de revisarlos ¡Sírvase nomas!
Casi sin poder contener la lujuria se encaminó hacia los libros, con una duda inmediata, egoísta y ambiciosa que lo impulsó a preguntar: -“¿Cómo que la mitad? ¿Y el resto?”
-Ya los embalé para Italia, al negocio de mi hermano-.  Abelardo, se consoló pensando que la mitad era mejor que nada y que algún día visitaría la sucursal al otro lado del Atlántico.
Luego de una revisión superficial, su “ojo” de especialista lo encontró. Lo levantó con adoración y con mucho cuidado lo inspeccionó. El primer tomo de una pareja de libros. Grande, pesado y con tapas forradas en cuero. Olía a viejo, en la tapa había un dibujo en relieve de un círculo con una estrella en su interior y las palabras en latín antiguo “Horologium Stetit” (reloj detenido). En la contratapa, dentro de un sobre, había un amuleto de plata con la misma figura. El segundo volumen no estaba, seguro había viajado a Roma. Pagó si discutir el precio y fue directo a su consultorio.
Luego de prepararse un café con pan y manteca (no hay nada más sensual que sumergirlo en la taza y comerlo mientras chorrea el jugo antes de desarmarse) empezó a leer contento como un chico abriendo los regalos de Navidad. Iba traduciendo simultáneamente con la ayuda de algunos diccionarios profesionales “latín-castellano” que iba apilando sobre el escritorio. Luego de cincuenta páginas, entendió que se trataba de un tomo de alquimia de la edad media que explicaba cómo detener el tiempo y luego hacerlo correr nuevamente. Tenía que dibujar el símbolo en el piso, pararse en el centro y con el amuleto recitar una fórmula en latín. Bien hecho, haría que se congelaran las manecillas del reloj para todos menos para el poseedor del libro. La tentación de probarlo fue más fuerte que la lógica científica. Sabía que era una superstición, que no pasaría nada, pero se preguntó: ¿Qué podía perder con intentarlo? Sería como un juego… ¿Acaso los adultos no podían jugar?
Sostuvo el amuleto en alto con su mano derecha y parado en el centro con el libro abierto, pronuncio el conjuro en vos alta: -¡Tempus est, subtitit, et non fluere!-.
Por supuesto, el tiempo siguió corriendo.
Los filósofos dicen que es como un río que no puede ser detenido en su avance constante. ¿Más si pudiéramos interrumpirlo y copiar las respuestas de un examen, o atajar un jarrón antes de estrellarse contra el suelo? La ciencia dice que es imposible. Nos quedaría la magia como alternativa. ¿Acaso existe? Riéndose de sí mismo se sentó y siguió leyendo. Tan absorto estaba que no reparó en que las horas pasaban y los pacientes no venían, ni tampoco se percató de que la luz del día que entraba por la ventana no disminuía. Sintió hambre y recién entonces miro su reloj. ¡No podía ser! Habían pasado seis horas. Algo no estaba bien ¿Cómo era posible que todavía no hubiera oscurecido? Se asomó a la ventana y tuvo que agarrarse de la pared para no perder el equilibrio. En la plaza de enfrente la gente que caminaba estaba “congelada” con un pie en el aire. Un niño que había arrojado la pelota estaba petrificado con los brazos alzados y el balón flotando sin caer. Las hamacas con su carga infantil, se mantenían suspendidas a medio camino. Corrió hacia el libro y busco desesperado la última página. ¡Sí! Allí decía que había que pronunciar un contra-conjuro para volver otra vez a la normalidad. Por los nervios no entendía la última frase No estaba seguro si esas eran las palabras mágicas, así que tomó uno de los diccionarios y con las manos temblorosas tradujo: “La frase para revertir el efecto debe ser pronunciada en voz alta y sin pausas. La encontrará, al final del segundo tomo”…
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LA DESPEDIDA INEVITABLE
por Yamila Carini

Todo ocurrió una noche de diciembre de 2016, en un país europeizado de Medio Oriente, a pocos segundos de fin de año, cuando el termómetro marcaba cinco grados de sensación térmica y ocho de temperatura real…  mi reloj pulsera se frisó.
Afuera, el asfalto aún se encontraba húmedo por la última llovizna caída ese mismo treinta y uno por la mañana.  Los locos parecian caminar lentamente por los cordones de las veredas en busca de calor, alguna moneda o una sonrisa pasajera y amistosa.  En el aire se comenzaban a escuchar murmullos de planes, miedos y emociones enfrascadas. Los trescientos sesenta y cinco días estaban por cumplirse otra vez en el conteo mundial.
Hombres y mujeres de diferentes colores y lenguas, sonreían en los bares y discotecas con una copa en mano y una mirada rojiza y empañada a base de humo, alcohol y del inusual frío que arañaba las calles de Tel Aviv. Algunos fumaban como si fuese el último cigarrillo de su vida, esperanzados por cumplir con la promesa de fin de año. Otros aprovechaban el happy hour para acercarse a alguna boca disponible. Estaban quienes se sumergían en los teléfonos inteligentes que no daban respuesta.
Mientras tanto, Australia ya transitaba el 2017 hacía horas. Entonces, noté que el segundero de mi reloj fue entumeciéndose, como una extremidad en proceso de congelamiento, hasta estancarse a pocos segundos del número doce que marcaba la medianoche.
Aprovechando la falla técnica del momento comencé a observar cómo una ciudad cronometrada en simultáneo comenzaba a vivir una realidad que no era la mía.
La música se escuchó de repente más fuerte, las puertas de los boliches se habian abierto de par en par emanando un vapor de condensación inevitable y disfrazando al escenario en una especie de sueño abierto. Un hombre con aspecto de cowboy miró hacia mi lado y sonrió. – ¿Me habrá sonreído a mí?  Imposible -recapacité- si nos encontramos en diferentes líneas temporales-. Moví la cabeza, el reloj seguía estancado, rehusándose a avanzar.  Volví la vista al desconocido y me pareció encontrar su mirada una vez mas. –Imposible- me repetí.
De repente, mi celular comenzó a vibrar en el bolsillo derecho de la chaqueta, un escalofrio se apodero de mis manos. Mire el reloj de refilón, nada había cambiado. El celular siguio vibrando hasta que decidí tomar la llamada. –Hola!?-.  Escuché una voz ronca pero dulce: era mi hermana, del otro lado del globo terráqueo, quien estaba a cinco horas del 2017, o sea, también se encontraba en el año 2016, como el reloj y yo. -¡Feliz año nuevo enana!- gritó con entusiasmo. Súbitamente una emoción gigante galopó en mi pecho, quise llorar y reír, sintiendo un extraño frenesí.  Tomé un gran sorbo de aire y relajé mis hombros, justo cuando el reloj marcó las doce y un segundo.  

15 ene. 2017

Un relato de Año Nuevo y dos cuentos con pájaros

Seguimos subiendo al blog los trabajos más destacados de escritores que continúan perfeccionándose en el Taller de Escritura Creativa Nivel Avanzado.  ¡Que los disfruten! Nos halagará saber vuestra opinión...

Ecos -“Esta vez no me tocó a mi...”
 Por Vivian Schultz

Primero de Enero del 2017
Un aguacero bate las ventanas; nadie se asoma al consultorio; modorra.
Aburrida, me pongo a hojear el ejemplar de una revista que enumera los eventos sobresalientes del año que acaba de concluir.

Enero del 2016
Boko haram incendia todo un pueblo en Nigeria. Tiroteo en Tel Aviv. Una mujer de estado mejicana es asesinada en su casa por los miembros de un cartel de la droga y en Arabia Saudita, el gobierno ejecuta a 46 personas.
Debo estar tan curtida que la única noticia que congela mi atención es la muerte de David Bowie, el bello y rubio cantante inglés; un artista sofisticado y sui generis.
Ese mes, una muchacha joven entró al consultorio.
–No se qué me sucede, soy música pero hace una semana que no logro alinear dos notas seguidas. Algo va mal-.
 “No tienes nada, mujer. Es tristeza. Nunca más volverá a cantar.”

Febrero del 2016
Corea del norte lanza misiles al mar. En Siria e Iraq la guerra continúa.
Se confirma la teoría de Einstein, el espacio y el tiempo están conectados: en un observatorio de San Diego se logra grabar la colisión de dos agujeros negros a un billón de años luz de la tierra.
–Doctora, de nuevo este zumbido en los oídos.  El otorrino me dijo una vez que sufro de tinito ¿me receta gotas?-.
“No son tus oídos, muchacha. Son las deflagraciones de las bombas junto a las vibraciones cósmicas.”

Marzo
Somalia, Birmania, Pakistán, Egipto, Brasil.
Atentado a la bomba en el aeropuerto de Bruselas. 35 Muertos y 340 heridos.
–Siento una presión en el pecho que no me abandona desde ayer. ¿Cree que debería hacerme un electrocardiograma?–
“No es el corazón, amigo. Es la onda de choque de las deflagraciones en Bélgica.”

Abril
 Nuevas fotos desde Grecia e Italia: los refugiados siguen arribando subidos a precarias embarcaciones. Miles alcanzan la costa. ¿Pero cuántos se hunden en el Mediterráneo?
–Me sofoco. Otro ataque de asma. ¿Me puede prescribir inhalaciones?–
“No es asma, señor. Es el mar encharcándole los pulmones mientras usted se ahoga.”

Mayo:
Isis bombardea Bagdad, Obama visita Hiroshima, un avión Egipto se estrella en el Sinaí.
–Me tiene que ayudar con esta migraña. La cabeza me va estallar.–
“No es una simple cefalea, amigo. Ya estallaron. Hace medio siglo en Hiroshima y ahora en Bagdad y en Egipto.”

Junio:
Inglaterra se separa de Europa: sí al Brexit.
–Estoy sin fuerzas doctora. Las piernas me abandonan, mis brazos no me quieren obedecer y  el cuello se  me cae. ¿Estaré baja de potasio?–
“No te hace falta nada, muchacha.  Es Inglaterra. Cada uno para si. ¿Por qué pretendes que tus brazos y tus piernas cooperen contigo? ¿Acaso tienen algo que ver con tu persona?

Julio
Se lanza el juego Pókemon Go. Camión en Niza atropella y mata a 85 personas. Alepo es bombardeada por la aviación rusa.
–El reumatismo me va a matar. Me duelen todos las articulaciones–
 “No son los huesos, señora. Es el peso de la llanta, de las paredes y del techo que se le han venido encima.”

Agosto
Prosigue la cumbre del clima en Marraquech: la China y los Estados Unidos son los mayores productores de gases a efecto invernadero.
–Estoy con fiebre y tos. ¿Una pulmonía?–
“No es una infección pulmonar, joven. Son el calor y las emanaciones tóxicas de la atmósfera.”

Setiembre
Assad  lanza bombas de cloro en Siria.
–Me arden los ojos, la boca y  la garganta. ¿Qué virus es este?–
“Un virus químico, señor.”

Octubre
Devastador huracán en Haití. Colombia, Turquía, Estocolmo, Etiopia, Irak…
Más dolores, ahogos y toses.

Noviembre
Muere Leonard Cohen (“tristeza, ya nadie comerá naranjas en el río”)
 Eligen a Trump. Muere Fidel Castro.
–Un calmante por favor. Me acaban de licenciar; restructuración de la compañía.
“No es la compañía, joven. Es el mundo ¡Le roi est mort, vive le roi!

Armisticio en Colombia: Se firma la paz entre la FARC y el ejército.
–Las pastillas contra la depresión que me recetó el psiquiatra no me están haciendo efecto.
“No son las pastillas, mujer. Es el brillo de las esferas de vinil bajando por las aguas del río La Macarena y Catacumbo. Llevan invitaciones navideñas  para los guerrilleros de la  FARC. Es el rebote de los balones de fútbol firmados por los mejores jugadores colombianos . Fueron lanzados en medio de la selva por los helicópteros del ejército”.

Diciembre
Le disparan al embajador ruso en Turquía…

Son las ocho de la noche. Intoxicada, me pongo el abrigo, salgo y cierro con llave la puerta del consultorio. A pesar del frío las calles están llenas, los mozos de los cafés sostienen en equilibrio las bandejas, el corcho de una botella de vino hace ploc  y frente a un restaurante italiano dos jóvenes hincan  su tenedor sobre una montaña de espaguetis a la boloñesa.
Qué suerte, el dueño de la florería aún no ha guardado sus macetas dentro de la tienda.
–Un ciclamen fucsia y otro rosado, por favor–.
Llegando a casa enciendo la televisión. ¡Algo ligero y entretenido, por Dios! Lamentablemente es la hora de las noticias: tiroteo en una discoteca de Estambul. Mueren 39 personas festejando el año nuevo.
Esta vez es demasiado. Decido tomarme un somnífero e irme a dormir con los audífonos puestos y buena música.
Mientras cierro los ojos, oigo la voz del premio nobel de literatura del 2016:


                          “The answer my friend, is blowing in the wind” 
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LOS PÁJARON NO VUELAN CUANDO LLUEVE
Por Mariluz Rivera

-Vení conmigo, te muestro mi colección de pájaros- solía decir mamá orgullosa, al mismo tiempo que indicaba el camino a sus invitados, guiándolos hacia el patio donde les tenía enjaulados.  Mi madre no lo hacía de mala. Los amaba a su manera, la única que conocía, quizá la única que le enseñaron. Se esmeraba en sus cuidados manteniéndoles siempre limpios, abastecidos de agua y alpiste. Solía jactarse frente a sus amigas de haberles comprado los mejores nidos traídos de Medellín. Todos los días les adornaba con ramitas y flores sus jaulas. 
-Para que no extrañen- convenía con ella misma.
Si, mama solía tener pájaros como mascotas. Turpiales, loros pericos y sinsontes. Estos últimos imitaban a la perfección los silbidos de mi padre y los cantos de otros pájaros. Aunque yo no podía concebir el hecho de verlos encerrados, reconozco que pasaba largas horas mirándoles y disfrutando de sus canturreos. Varias tardes de mi infancia las derroche observándoles… comprobando cómo se apagaban lentamente.
Percibía su tristeza en el silencio de sus cantos, cada vez más esporádicos. Se les atrofiaban las alas y sufrían de parálisis en sus patas. Primero una, luego la otra y después se acurrucaban en los brazos de la muerte para escapar de su desdicha.  Y así, sucesivamente, eran remplazados los unos por los otros, sin homenajes, sin entierros ni despedidas. Más de una vez les abrí las puertas para que pudieran escapar, pero no siempre lo hacían.
Aprendí de ellos, que solo aquellos recién privados de su libertad escapaban desesperadamente.  Los demás, ya resignados o acostumbrados, no se iban y mucho menos si el clima del trópico tan bipolar algunas a veces, derramaba sus lágrimas sobre la tierra, desatando así una tormenta de la que ni Dios, se hacía cargo.

A través de la ventana del hospital, vi como talaban un árbol. Fue justo unos minutos antes de entrar a cirugía.  De sus copos revoloteaban los pájaros aterrados por la impotencia de no poder salvar sus nidos. Vi como defendían su derecho a ser soberanos, picoteando furibundos a sus verdugos. 
Entonces recordé los pájaros de mi madre y sus patas dormidas.
Aquí estoy, de vuelta en casa, recordando ese pasado tan presente y tan mío. Aquí estoy en este cuarto de invierno, donde la lluvia se estrella contra la ventana de marco blanco, la misma que da al patio trasero de mi tristeza; la que me produce este encierro, la que me exige tiempo para sanar.
Este clima álgido y perverso clava sus agujas en mi espalda y siento como el frio de la tierra entumece mis piernas.

-Hernia de disco, rayadito y a la deriva- bromeó el doctor, apretándome la mano en señal de buen augurio cuando desperté de la anestesia.
-Un disco a la deriva, es un anillo sin Saturno. Un disco rayado de penurias del pasado, de amores perdidos y de miedos enquistados. Así me diagnostico yo, la doctora de mi propia existencia, la dueña de mis bienes y mis males, la que siempre ha visto la vida diferente de como la ven los demás.
Siempre me ha gustado escarbar en mí, como quien hurga en una guaca[1] repleta de tesoros. Resuelta a pagar el precio de las maldiciones y conjuros, dispuesta a ensuciarme de carroña por un buen botín; el de hacerme cargo de mi misma. Esas son mis monedas de oro, las que me voy a llevar a la tumba y con las que me van a enterrar.
Tal vez mañana cese esta lluvia que inunda el alma y acobarda la huida,
tal vez mañana ya no me duela y la puerta no se cierre nunca más.
Tal vez mañana se abran mis alas y pueda volar.
Tal vez mañana.



Guaca
1.        f. Sepulcro de los antiguos indios, principalmente de Bolivia, Perú y Colombia, en que se encuentran a menudo objetos de valor.
2.        Vasija en que se encuentran estos objetos de valor.

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EL NIDO
por Nelson Guilboa

En mi memoria quedaron notas, algunas inscripciones escolares que, arrugadas por la vergüenza, se esconden en un pliegue del portafolio. Aún hoy me cuesta hablar de ellas. Si no lo conté nunca a nadie, fue por la humillación que sufrí.
Una vez, recibí una lección de los horneros, una especie de pájaro laborioso, de aspecto simple y sociable que no mide más de veinte centímetros y tiene el plumaje color marrón claro.  Le gusta anidar cerca de ranchos y casas y se alimenta de insectos y larvas. Si no fuera por la arquitectura ejemplar de sus nidos, hechos de adobe, con sala y alcoba, nadie le prestaría demasiada atención.
En la escuela no faltaban las lecturas de poesías y leyendas donde se pondera al Hornero, ave sudamericana que fue designada “pájaro nacional de la República Argentina” título ganado con mucho esmero.
Justo con ellos me vino a pasar… aún me duele cuando pienso en mi pésima conducta, esa tarde ociosa en que vagaba por el monte con la honda en el bolsillo.
Una pareja moldeaba su nuevo nido, redondo como un pequeño horno de campaña.  Para ello utilizaron entre cuatro y cinco kilos de adobe y unas dos semanas de trabajo incansable, utilizando principalmente barro y paja.
Y a mí, entonces, se me ocurrió la mala idea de agregar un nuevo elemento en la construcción: una piedra blanca para embellecerlo. Del bolsillo elegí la más grande, tensé la honda al máximo para incrustar el adorno en la argamasa húmeda aún… y el resultado fue nefasto.  La piedra pegó en el nido, rebotó inesperadamente y golpeó al hornero que estaba parado en otra rama.
Cayó chillando de dolor.  Me acerqué para ver su estado y empezó a saltar con una patita quebrada.  Quise auxiliarlo, pero cada vez que me acercaba huía asustado con nuevos saltitos, era incapaz de darse un impulso para remontar vuelo y en tal situación, pidió ayuda con chillidos a sus semejantes.  Entonces, como en una pesadilla, los vi: todos los horneros del monte empezaron a rodearme, parecía que se multiplicaban.
¿De dónde habían salido tantos?… cada paso que daba hacia él, los chillidos se acrecentaban. Unidos desde los árboles cercanos me enfrentaron…¡podía interpretar sus aireadas protestas! “¡Déjalo tranquilo, suficiente mal ya hiciste!”.  Me alejé dándoles la espalda.  El silencio retornó al entorno y las protestas estridentes cesaron al unísono.  Sin tocarme, me habían vapuleado.
Los textos escolares son extensos cuando destacan las diversas cualidades del hornero: Social, laborioso, fiel a su pareja, pero de solidaridad con un compadre, ni una palabra… Corrían peligro al acercarse a mí y lo sabían, pero ahí estuvieron arriesgándose, derrochando coraje, desafiando el peligro por una causa justa.
Fue en los montes de San José, donde aprendí una lección criolla de la naturaleza que no enseñan los textos escolares. Mi acto belicoso hacia ellos fue una traición, intencional o no, a un servidor que cada mañana con sus trinos, me auguraba los buenos días.
La honda cayó en desuso y nunca más la tensé.