Graciela Corfas, traductora, escritora y hermosa mujer llena de vida que pasó por varios Talleres de escritura del Cervantes y conoció a algunos de ustedes, terminó una larga pelea de diez años contra la enfermedad y por lo menos podemos decir que ya no sufre más. En el lapso de esa década viajó por el mundo, bailó en el casamiento de un hijo, vio nacer nietos y se mantuvo en contacto siempre conmigo, tratando varias veces de retomar los Talleres o de concurrir a los encuentros de lectura de trabajos propios.
Suelo decir en clase, que la palabra escrita tiene el poder de lo que permanece, de lo que trasciende. Por eso a continuación, hoy -30 días después que nos dejó físicamente- y como homenaje a Graciela, publico algunos de sus escritos, que estoy segura van apreciar muchísimo.
Graciela querida! Sea bendito tu recuerdo...
¿QUÉ HAY EN UN HOMBRE? *
Me acerqué al
empleado del Ministerio de Absorción con el pasaporte en la mano.
“¿Nombre?”, me
preguntó. “Graciela Beatriz Arcusin de Corfas”, le contesté.
“¿Gra…qué?” me
contesta mirándome con desconfianza. “¿Qué nombre es ese?
Acá te vas a
llamar…”
“De ninguna
manera” contesté con bronca, “no me cambio el nombre”
Así entré al
país, con un nombre propio que ninguno de los locales podía pronunciar y mi
nuevo apellido de casada. Así comenzó mi vida en este lugar tan lejano y tan
cercano a la vez. Que parecía conocido y no lo era. En donde toda la gente que
caminaba a mi lado en los pasillos de la universidad hablaba distintos idiomas,
y mientras algunos me abrían la puerta, otros me la cerraban en la cara.
Un nuevo mundo
en el cual la familia cercana estaba muy lejana, a distancia de cartas por vía
aérea y llamadas telefónicas una vez por mes.
Primer viaje
largo en avión, primera vez en Europa. Y Avi, mi traductor y mi ancla, fue mi
único contacto con la nueva realidad. Él nadaba como pez en el agua, yo ni
siquiera sabía nadar y no siempre tuve un salvavidas.
Y así me tiré
en un mar distinto, desconocido y extraño que es hoy mi casa. El lugar donde
nacieron y crecieron mis hijos. El lugar a donde traje mi nombre y mis 19 años
de vida.
No es fácil
transportar la historia de una familia y de una cultura que desaparece a hijos
que nacieron en este país tan dinámico y cambiante. En donde la realidad de la
guerra hace uso y abuso de la historia y el presente. Es muy difícil hacerlo y
además estar satisfecho.
Y yo lo estoy,
sin haber olvidado las dificultades y los esfuerzos, mirando hacia atrás y
hacia adelante aunque aún me digan:
¡Qué nombre
tan lindo y tan raro! ¿Por qué no lo cambiás por uno en hebreo?
*El título está tomado de William Shakespeare - Romeo y Julieta
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DAMOCLES
La
rutina diaria estaba marcada por un reloj implacable que había que mantener
despierto para que no deje de funcionar.
No
había tiempo para perder, todo lo que no se haga en este momento se pierde y se
mueve a la sala de los irrecuperables. Nadie quería estar en el equipo de los
desahuciados, los que no tenían fuerzas
de luchar. Los ganadores no dejan que el cuerpo se acostumbre, hay que impedir
a toda costa la inercia. Levantarse, caminar, tragar, aunque duela, aunque no se pueda.
Estaba
tomando sol y se sintió observada, controlada. Se dio vuelta y vio a Damocles,
el gato que rondaba por el patio del centro de rehabilitación.
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VOLVER
La mano reboto
en su rostro con un ruido sordo y retumbó en las paredes, en sus oídos y en su
alma.
Se sintió
vergonzosamente herida, veía su propia sangre inundar su cabeza sin dejarla
respirar, pensar o responder.
Había perdido
la cuenta de todas las veces que había estado en la misma situación, y tampoco podía recordar la infinidad de
planes de venganza que había imaginado.
Toda una vida
de sufrimiento de la cual se creía cómplice y herramienta. No podía irse, estaba enredada en un tejido denso de mentiras y promesas no cumplidas.
Nadie cumplía
las promesas, pero a ella le dolían las suyas propias, las que mojaban con sus
lágrimas la almohada y le quemaban la garganta queriendo escapar del encierro
obligado.
Alambres de
miedo y culpa que no podía cortar la ataban a su martirio.
No estaba
preparada para su propia reacción. La tomó tan de sorpresa como a él. La mano
que levantó con fuerza estaba impulsada por un sentimiento desconocido, el
mismo que la llevó hasta la puerta que cerró a sus espaldas.
Se sintió
orgullosamente liberada, pero volvió. Volvió porque detrás de esa puerta
quedaron dos rehenes a quienes no quería ni podía dejar atrás. En ese momento
se sintió con fuerzas para ser madre.
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¿QUÉ NOS UNE? SOLO PALABRAS...
Andrea
entra a la sala llena de energía, camina, se sienta y se para mientras se
refriega las manos y piensa:
-¿A
ver, a ver? ¿Por quién empiezo hoy?-
No
es fácil recibir críticas, sobre todo en público, pero Andrea sabe criticar diplomáticamente,
corrigiendo y sin herir y también sabe elogiar.
Pensé
muchas veces en el hilo que nos une a los participantes de los Talleres. Cuando
lo único que compartimos es el placer, o la necesidad de escribir y un idioma
común (menos Lucía-brasilera que recibe Ad Honorem el título de hispanohablante) Tenemos tantas diferencias generacionales y de experiencia
de vida...
Y
llegué a la conclusión de que nos unen las palabras: las que pensamos,
las que traemos escritas y las que leemos aquí. No es poco. Todos
tenemos diferentes estilos, no solo en la escritura, y tal como intentamos
respetar las reglas de comportamiento social, estamos tratando de aprender a respetar
las reglas gramaticales, ortográficas y sintácticas.
Les
deseo a cada uno de ustedes que sean el próximo “Saramago” para que -como él- puedan
permitirse todas las licencias literarias y encima ser aplaudidos y premiados
por las mismas.
Mientras tanto, tenemos que seguir puliendo y trabajando.
Hasta
la próxima consigna… Un abrazo!
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Por último, les dejo aquí el sencillo pero tan significativo deseo de Rosh Hashaná que Graciela escribió para uno de los concursos que organicé, titulado "Un deseo original".
"Sentir, hacer, admirar, necesitar, ayudar, tentar. Observar, vivir... amar"